domingo, 12 de julio de 2026

¡Ayuda!

Iba a cumplirse un año desde que se dirigiera al vacío oscuro de la sala de butacas por última vez. La insospechada tristeza que le inspiraba aquel día se le había apaciguado y dolía sólo a coletazos caprichosos de una memoria cada vez más remolona y tramposa que le engatusaba con recuerdos dulzones de su infancia cada vez que se atascaba en olvidos más recientes y dañinos que extendían el caos alrededor con constantes errores y torpezas. Por eso mismo se habia impuesto un silencio de más de diez meses; con la esperanza vana de alcanzar un momento de paz donde poder guarecerse.


Hace un par de días me he percatado de que las visitas a este blog se han disparado y son casi constantes. Hace años esto me habría inundado de una ilusión casi irracional por alcanzar público y aceptación suficientes para poder dedicarme a escribir y olvidarme del trabajo que me costea la vida. Bien consciente hoy de que mi deseo no es más que una quimera, afronto este repentino crecimiento con mucha cautela y algo de responsabilidad. En primer lugar, ¿cómo he de saber si estas son visitas reales y no artificios creados en algún nudo de la Red? Por otro lado, si en verdad estáis ahí, si algo de lo que  habéis leído os ha resuelto alguna duda, servido de consuelo o animado el humor, ¿no habré de seguir tratando de seros útil? En este punto reclamo vuestra ayuda. Comentad para saber que sois reales, preguntad, sugerid, orientadme por si he de seguir.

Me pareció escuchar un murmullo de aprobación justo antes de que el foco volviera a apagarse sobre mi cabeza.

domingo, 24 de agosto de 2025

Sus alas

Ayer mismo, 23 de Agosto, nos preguntabamos si tendría alma. Esa criaturita que despedíamos con dolor inesperado unas horas antes, tendida sobre la mesa del veterinario, su cuerpo menudito aún caliente de nuestros brazos.


"¿Cómo no ha de tenerla?", argumentamos, incapaces de concebir que tan solo una bolita de pelo pudiera entregar tanta paz, tanto amor, tanta bondad; atributos divinos del creador de todo.

Pasamos la noche con la esperanza de volverla a ver y hoy domingo nos forzamos a distraernos entre tiendas por la rivera del Támesis.  Ya de vuelta a casa, entramos en la Iglesia de Todos los Santos. Tras el servicio anglicano, apenas un puñado de personas quedaban allí, 3 ó 4 haciendo cola en una puerta baja y muy estrecha. Nos acercamos curiosos y una de ellas nos invitó a seguirles escaleras arriba (52 escalones en espiral, nos advirtió la mujer) y tras ella fuimos, esperando encontrar una buena vista de Kingston. Sin embargo, para nuestra sorpresa, llegamos a una sala cuadrangular ocupada por una veintena de personas. A través de un falso techo de madera doce gruesas cuerdas de esparto colgaban hasta el suelo. Nos invitaron a tomar asiento pegados a la pared y a observar en silencio. En seguida comprendimos que aquello no era una mera atracción turística y que habíamos sido escogidos para presenciar algo extraordinario. Tras una breve introducción por parte de su lider, el grupo se distribuyó alrededor de la sala, cada uno junto a una de las cuerdas.

Al escuchar los primeros tañidos, volvimos a sentir la falta de nuestra amiga y, mientras las campanas seguían repicando, comprendimos que Capra siempre tuvo razón y que Xana no sólo tiene alma sino que ya es un angelito.



sábado, 9 de agosto de 2025

Eterno gozo

9 de Agosto. Contemplo el horizonte desde la cubierta del "Galicia" surcando el Atlántico de vuelta a Londres, 64 años después.


En el capítulo VIII de "Se fue con prisas a la montaña", el Padre García de Pesquera me confirma la magnitud del hombre que contempló "El Milagro", justo en el aniversario de su muerte jubilosa.

Hace apenas dos semanas, a unos pasos de la iglesia que tantas veces acogió a sus niñas videntes para el rezo del rosario, adquirí esta obra fundamental sobre los hechos de Garabandal que me ha ido iluminando hasta este día de regreso a un presente amargo y repleto de tribulaciones. Contra ellas, el testimonio final de aquel hombre bendito que atestiguó la infinita bondad de nuestra madre celestial. Con envidia y admiración por su vida y muerte me encomiendo al Padre Luis María Andreu para compartir el regalo que le fue otorgado y por una pizca siquiera de su fe inquebrantable y la eterna alegría con que partió.

domingo, 14 de abril de 2024

Su voluntad

Andaba yo tratando de sacudirme un no muy agradable sentimiento de noche de domingo, rumiando viejas pesadillas, cuando volví a asomarme a las palabras de Piet Van Breemen, un jesuíta holandés del que supe hace unos meses por uno de sus libros que vendían de ganga en un kiosko de San Juan entre otras supuestas baratijas.


"Como Pan Que Se Parte" está resultando  una lectura tan simple como reveladora, capaz de recordarme que "Es Dios quien reconcilia...Es iniciativa de Dios, es el deseo de Dios".  Apenas tres frases que aquel domingo me aligeraron ese sentimiento de impotencia justo antes de meterme en la cama.

Como acostumbro, leí un poco más, esta vez en la pantalla del móvil, mientras conciliaba el sueño y en cuestión de 5 minutos la Santa de Ávila me dijo "Como lo hizo con la Magdalena con brevedad hacelo en otras personas,  conforme a lo que ellas  hacen en dejar a Su Majestad hacer. No acabamos de creer que aun en esta vida da Dios ciento por uno" y el sabio Benedicto XVI "... sólo si nos dejamos lavar una y otra vez, si nos dejamos «purificar» por el Señor mismo, podemos aprender a hacer, junto con Él, lo que Él ha hecho". 

En la certeza compartida de estos tres  maestros, con las fuerzas justas y en los últimos minutos de aquel domingo de abril, acepté la bendita sumisión del que se sabe bien guíado y protegido, inmune a miedos y pesares, a merced del amor más obstinado e incondicional.

sábado, 30 de septiembre de 2023

De vuelta

Hace nueve meses, al quejarme yo de ciertos males, un buen amigo me recordó que  no estaba solo. Con una simpleza abrumadora me repitió varias veces " Jesús te quiere". Aquello activó una bomba de relojería que, al cabo de unas semanas,  hizo explosión con una magnitud devastadora. Poco dejó en pie de lo que durante años había ido construyendo y acumulando alrededor a modo de escudo protector y apenas quedé con vida, desnudo y frágil, como si hubiera vuelto a nacer.


Mi confusión inicial fue disipándose y pronto acepté aquella nueva oportunidad no sólo como un regalo, sino también como un encargo de Dios. Entendí con absoluta claridad que había de emprender la marcha, volver a crecer, a madurar y a rastrear su presencia en busca del camino tanto tiempo olvidado.

Alguno de los que os habéis asomado a este cuaderno de historias, recordaréis que en sus primeras páginas me quejaba irónicamente de haber sufrido y de aún sufrir la falta de "espelde", término esquivo, tal vez inexistente pero a menudo en boca de mi madre, imprescindible al parecer no sólo para prosperar sino también para ser feliz en la vida.

Concluí entonces que mi madre poseía un conocimiento extraordinario del lenguage popular y que debía enorgullecerme por sus enseñanzas. Lo que no supe discernir cuando escribí aquellas palabras es que, quizás sin saberlo, mi madre hablaba de algo más. Que desde su fe inmensa, comprendía la necesidad de anhelar y poseer algo intangible pero real. Tan real como un padre, un hermano o un amigo que camina a tu lado.

Hace cinco meses, de vuelta a mi vida cotidiana, incluido un trabajo que hasta entonces odiaba y un sinfín de problemas inquietando a mi famila, me reconocí distinto, mucho más tranquilo y confiado, casi valiente, capaz de afrontar situaciones hasta entonces intolerables, más alto, más guapo incluso, más querido y apreciado, mucho más útil para todo y para todos.

Sé que nada de esto sería posible sin mi esposa y sin mis hijos. Sin embargo, hay alguien más. Siempre lo hubo aunque no me diera cuenta. Ese "espelde" que me mejora y nos mejora, que nos llena de gracia para enfrentarnos a la vida disfrutando de cada momento. Esa compañía que nos alienta y nos instruye, que nos protege y nos ilumina el camino, que vela nuestro descanso.

Mi buen amigo estaba en lo cierto. Jesús nos quiere, tanto como nos quiso antes de morir y regresar con nosotros. Sólo tienes que hacerte a un lado y aceptar su presencia.




lunes, 19 de septiembre de 2022

Inmortal


Al tiempo que España se batía el cobre en Lyon contra los correosos daneses, el autobús renqueaba puerto arriba por las curvas del Pico. Los lamentos por el temprano gol de Lerby habían dado paso a un silencio atípico, salpicado de imprecaciones que el cura pasaba por alto, tan nervioso como el resto de parroquianos.

La jornada había empezado demasiado temprano para un domingo. Cuando llegué a la plaza de Santa Ana el autobús aguardaba ya con el maletero abierto y arrancado el motor, por ir quitándose el relente de la noche. Mi madre, que aún no creía que fuera de buena gana, seguía vendiéndome las excelencias del santuario sin imaginar que, aunque nunca supe siquiera su nombre y apenas hoy recuerdo su rostro,  compartir viaje con una muchachita de pelo rubio y corto con la que a veces coincidía en la cola del confesionario, era la única razón por la que me embarqué en aquella excursión, rodeado de beatas y catequistas.

Pronto comprendí, sin embargo, que sin el coraje de dirigirle la palabra ni siquiera por la intercessión del santo, se percataría de mi presencia y para cuando hicimos un alto en Arenas, habia ya asumido que iba a echar el día entero en valde.

Merendé un bocadillo elástico de tortilla sentado solo en un banco de piedra al fresco de una arboleda muy cerca del río. Me coloqué los cascos y la cinta en el walkman envió las cuatro notas en bucle de Sirius, preludio perfecto a la voz de Woolfson ("Don't think sorry is easily said...") y el estribillo de Eye in the sky me devolvió el placer de las vacaciones recién estrenadas, me congració con el mundo y sus gentes y, tal vez por la cercanía de lo divino, me imbuyó de un bienestar casi irracional muy cercano al delirio. En aquel estado retomé divagaciones sobre lo eterno y la inmortalidad. Cálculos inverosímiles que a veces daban vértigo, me enardecían y asustaban a partes iguales sin llevarme a puerto alguno.

De aquel éxtasis de andar por casa me sacaron a gritos unas crías del grupo de primera comunión. Que el conductor no esperaba, que quería al menos ver el final del partido de vuelta en casa. Así que apagué mi música y todo lo demás y volví a sentarme al fondo del autobús.

Maceda, que ya nos había vuelto locos con su cabezazo a la red alemana casi al final de los cuartos, marcó de nuevo, esta vez el empate a los daneses. Era el minuto sesentaysiete de partido y nosotros acabábamos de pasar por la Cueva del Maragato. Por los altavoces del autobús el locutor seguía exagerando la excelencia del gol y en los asientos los pasajeros compartíamos un alivio excitado, mezcla de alegría y ansiedad. "Es que si juega España", decían las beatas que de futbol ni sabían ni gustaban. El párroco también había dado rienda suelta a sus pasiones más terrenales al celebrar como el que más con aspavientos poco litúrgicos, aunque luego se santiguó varias veces de vuelta a su asiento. Hasta la chica rubia de pelo corto y sus amigas se habían unido al alboroto varias filas por delante. Tal vez hubiera sido aquella la perfecta excusa para arrimarme, pero el eco cercano de mi afán inmortal mezclado con el sagrado balompié, me dejaron clavado al asiento como un pelele.

Fue algo más allá de Solosancho cuando el motor dijo basta. Tras parar en el arcén, el conductor cruzó unas palabras con el cura y anunció que hasta allí habìamos llegado. Un intenso olor a goma quemada atestiguaba sus palabras. Al menos, la radio funcionaba y, aun a riesgo de agotar la batería, el conductor la dejó encendida. De ninguna manera iba él a quedarse en ascuas justo cuando empezaba la prórroga, treinta minutos de espera que se consumieron en un suspiro. Y llegaron los penaltis. Nadie falla hasta que Larsen tira el quinto a las nubes y Sarabia clava el que nos lleva a la final.

Recuerdo la noche de aquel 24 de junio del 84, fresca aún, de cielo morado limpísimo, perdido en la sierra abulense, celebrando entre extraños la mayor gesta futbolística de España en décadas, compartiendo un sueño de grandeza que podía completarse tres días después. Pero el autobús de reemplazo acudió al rescate rompiendo el hechizo y la selección perdió ante Francia la final de París. Arconada, tantas veces salvador, nos había condenado con una cantada clamorosa y todo el derrotismo de los últimos tiempos nos cayó de nuevo encima para derrengarnos por los venideros.

Con el paso de los años y los sucesivos cambios de escenario, mis éxitos y mis frustraciones fueron adquiriendo un cariz más personal y, lastradas de realidad, mis inquietudes se alejaron de lo patriótico y lo metafísico. Hasta que veinticuatro años después de aquella jornada memorable , el fútbol le dio otra puntada a nuestro destino común cuando España ganó la primera copa de Europa de mi vida y dos años más tarde el primer mundial de su historia. Aquel hito sería ya para siempre, un pedacito de la eternidad que volvía a presentarse posible y merecida. Un paso más hacia lo inmortal que, de forma inesperada hace tan solo unos días y para cerrar el círculo, sugirió aquella misma voz, esta vez desde un video de Youtube que me esperaba en la red desde hacía doce años, los mismos desde que, enhebrado al hilo de Maceda y Torres, Iniesta nos llevó a la gloria en Sudáfrica.

"Si me recuerdas, soy inmortal"  (Immortal, Eric Woolfson)


 https://youtu.be/mb9NgIciBaU

martes, 5 de abril de 2022

Compatriotas



Tan increible como "Tiempo de Juego" consumiendo gigas en mi Samsung por un callejón de Manchester, resultó el ser testigo de una riña de pareja en mi propio idioma, ese por el que hace unos días en Londres alguien fue increpado mientras es acosado en su propia casa.

Ambos visiblemente azorados, el hombre parecía desesperado por justificar quién sabe qué oprobio y su compañera trataba en vano de librarse de sus melindres. En lo familiar de  su aspecto y ademanes (imposibles de disimular) los identifiqué como compatriotas en cuanto entraron en la calle. Al llegar a la altura de mi coche, apagué el fútbol y bajé la ventanilla por confirmar mi buen juicio,  algo preocupado, eso sí, por el cariz que tomaba el asunto. Inconsciente de mi presencia tras el volante, la chica balbuceaba palabras de protesta y el otro repetía "pues yo no me enteré". Un par de veces intentó abrazarla y plantarle un beso en la mejilla pero ella logró zafarse sin esfuerzo. Tiraron calle alante unos metros y luego de vuelta, aún sin percatarse de mi presencia, hasta que se perdieron por donde habían llegado.

Una mezcla de culpa y decepción me asaltó entonces, como si hubiera dejado escapar la oportunidad de demostrar mi don de gentes, intentando al menos mediar en aquella porfía. He de reconocer que por momentos temí por la seguridad de la mujer y que no pasé por alto la posibilidad de ser yo mismo objeto de la ira del hombre (o tal vez de ambos) de haber intervenido. No fue el caso, pues en su camino de regreso cejó él en su empeño de forzar una inmediata reconciliación, caminando algo más separado sin volver a alzar la voz.

Seguramente nuestros caminos no vuelvan a cruzarse y nunca sepa de las razones del tremendo disgusto que, para el momento de escribirlo, deseo forme parte ya de sus anecdóticos avatares de pareja.

No puedo, sin embargo, dejar de admitir que gran parte de lo que me hicieron sentir se debe al vínculo invisible que a los tres nos envolvía en aquel escenario extraño, tan lejos de un hogar que se desmorona entre traiciones de enamorados, con el beneplácito de testigos silenciosos.

Cadáveres

Me detuve a pensar y decidí seguir, casi de inmediato, incapaz de asumir la evidencia del desastre, insoportable e incongruente hasta el absurdo, macabro delirio que no se disipa con el alba.  



viernes, 24 de diciembre de 2021

Nochebuena

Corremos por guijarros congelados,
el aliento empapando la bufanda,
los primos no dan tregua en la batalla
de chiflas, pescozones y de abrazos.

Los padres se retrasan cada año
enredados en cánticos de espadas
y después amenazan bofetadas
si no tiramos recto para el gallo.

Carlitos escondió su pandereta
y al trote tintinea el muy tunante.
Le sigo en arrebato de corneta
como escudero a caballero andante.
Mi brújula, mi estrella rutilante,
el héroe de la infancia que aún me espera.

lunes, 13 de diciembre de 2021

Sin importancia

Alicaído le encontraron. Sin una pizca de la gracia que solía desprender, el gesto sombrío, el hablar escueto, lento y apenas perceptible. Los que consiguieron alzarle la mirada se la hallaron vidriosa y evasiva, casi temerosa aunque más bien hastiada. De tan huraño aspecto empezaron a recelar los que menos le conocían pero al poco empezaron a evitarle incluso sus más allegados. A distancia le observaron apocarse, encogerse en una quietud nada apacible y a cada paso alejándose, fue haciéndoseles más y más pequeño. Cuando ya no pudieron distinguirle, les pareció oportuno no darle importancia y al cabo de unos minutos empezar a olvidarle.


miércoles, 31 de marzo de 2021

Él

Es miércoles. Paseo intranquilo por las calles vacías esperando a que anochezca. Me acuerdo de verle pasar entre los suyos en silencio, a la luz de cirios encendidos. No es la primera vez que le busco sin éxito, que regreso con el alma vacía, pero nunca hasta hoy había compartido el desaliento de tantos otros, huérfanos como yo, en este tiempo de tinieblas.

 

Es mi camino una mezcla de adoquines inestables, tierra y barro y en las sombras apenas se distinguen contornos del pasado de oníricas visiones. Entre ellos, como un destello efímero, se desliza de pronto su presencia, inconfundible incluso desde la distancia. Me detengo entonces, seguro de que viene hacia mí pero al mismo tiempo incapaz de dar un paso más, paralizado por la excitación, tratando de calcular un saludo, un halago, cualquier cosa con que llamar su atención. Todo en vano, pues mudo recibo su mirada tranquila al pasar a mi lado y el suave tacto de su mano en mi hombro invitándome a seguirle.

 

Me uno pues a aquellos que le acompañan, mantengo su ritmo sosegado a distancia prudencial, pues aún experimento un respeto rayano en el temor. Los gestos que me rodean instilan, sin embargo, una paz desconocida que me arroba por momentos. Nada se escucha sobre el rumor de nuestros pasos y una esquila cercana que viene por detrás. En silencio continuamos por senderos que apenas reconozco mas presiento seguros como ningún otro lugar. Cuando por fin nos detenemos, no siento cansancio ni apetito alguno. A unos metros le observo volverse hacia nosotros, desprenderse de su hatillo y sentarse sobre una roca. Se mesa el cabello y se tienta la ropa sobre los brazos como si tuviera frío. Pronuncia algo que no puedo entender y continúa hablando mientras me siento alrededor como todos los demás.

 

Se mueve despacio y habla pausado, como si acariciara las palabras, dotándolas de un gusto embriagador imposible de ignorar. Escucho con la certeza del entendimiento, aprendiendo en cada frase, en cada gesto. Su lógica es sencilla y abrumadora, pura como las miradas que nos dedica. Sin atisbo de vanidad comparte esa grandeza con un entusiasmo sereno de buen maestro y en su voz se va entregando poco a poco, por entero. En uno de sus silencios, cierra los ojos y los abre alzando al cielo una mirada que parece de angustia. Sé que tiene miedo y me estremece lo que habrá de sucederle. Él también lo sabe, como todo lo demás. Pero sonríe al fin en una muestra de valor incalculable, como si anticipara la gloria que le aguarda.

 

Entonces decide que es hora de marchar. Muy despacio se levanta y camina lento entre los que le observamos sentados en el suelo. Al llegar hasta mí, posa la mano en mi cabeza como hizo con el resto. Siento un temblor ligerísimo de sus dedos al tiempo que una pena inmensa que me impulsa a sujetarle, a no dejarle ir. Pero no me muevo. Ni él se demora un solo instante más.

miércoles, 3 de febrero de 2021

Inestable

El aluvión de alabanzas le sorprendió frente a las cajas de pastillas y el vaso de agua medio vacío. Llegaron en tropel con un escándalo de gruñidos que alteró el silencio que había creído eterno. Le llevó un par de minutos amasar un sentimiento parecido a la curiosidad pero que en su caso era solo la costumbre enfermiza de no dejar nada pendiente. Demasiado tarde, se arrepintió de no haberlo apagado y con desgana comenzó a leer los mensajes en su teléfono móvil. En su mayoría escuetas expresiones de alegría y parabienes con algún que otro agasajo más elaborado que le exigió exprimir su maltrecha concentración, provocándole un pinchazo de dolor distinto al de los últimos tiempos, real y en las tripas, lejos de aquella sombra malsana que le pesaba en el alma hasta inundarle de tinieblas. Los elogios, aun lejanos y tal vez falsos, avivaron un rescoldo, pobre aliento que apenas logró exhalar al aire gélido del cuarto.


Se levantó y por no dar la luz avanzó a tientas hasta la ventana. Sobre el alféizar el cuaderno abierto por la misma página húmeda del frío del cristal. Las palabras conocidas, repetidas mil veces, se hacían notorias por momentos, a distancia, como una exhalación. Resistió la tentación de destrozarlo, consciente de que ya no había marcha atrás y levantó la persiana enfrentándose al resplandor dorado de la ciudad con un arrebato de nostalgia. Como en sueños del pasado, se le presentó excesiva y opulenta, falsa de belleza exagerada. Supo que fantaseaba pues aun habiendo sido real, él no estaba allí, no había estado en una eternidad, la misma que resumían las historias que florecían tardías por las redes sociales. Saboreó sin embargo cada aroma de tascas y balcones, el frescor del aire limpio de cielos rasos almenados. La tierra y el granito le arroparon suaves junto a aquellos que dejó y  otros muchos acogidos a la paz de la meseta.

Encendió la luz. Ignorando el caos del cuarto volvió a sentarse a la mesa. Los mensajes continuaron llegando mientras manipulaba el teléfono en busca de una canción. Cuando empezó a sonar, lo posó junto a las cajas vacías y el vaso de agua medio lleno. Inestable. Jorge Marazu cantaba a alma descubierta y la suya se estremeció de miedo y de esperanza.


lunes, 28 de septiembre de 2020

Un vaquero y un fantasma

El brazo del soldado a punto de lanzar la granada quedó pegado a la hojita de plástico pero el aspecto general de la batalla resultaba igualmente impactante, muy digno de cualquiera de los escenarios para mi siguiente fantasía; historias pergeñadas en horas robadas al sueño y puestas después en práctica por la inmensidad del salón de casa con mi hermana. Nunca como entonces disfruté de historia alguna, nunca las viví con aquel entusiasmo, aunque el trágico final de mis ejércitos (apaches y demás perdedores) fuera siempre el de la infame derrota. Muchas jalonaron el futuro que progresó como buenamente pudo a trancas y barrancas hasta este último entreacto de meses y estaciones, tal vez el más inquietante al que me enfrento. Por lo pronto, en esta deriva de incertidumbre e ineptitud, parezco más propenso al olvido que al aprendizaje, como si el declive empezara a ser al fin una realidad o lo que resta me lo sepa de antemano. Entre tanto, practico otro tipo de recreaciones, menos dadas a la épica y la ficción, donde el arrojo fingido de entonces no es siquiera necesario pues la derrota es del todo inevitable y la victoria resulta falsa, inmerecida. Si me paro a pensar se me llevan por delante, si echo a correr me quedo solo y hasta los detalles más insignificantes acaparan esencia de recuerdos que no fueron.

 

Si el tío Billy levantara la cabeza, enfundaría sus muñones en las cartucheras y, separando los pies de su base de plástico, se marcharía cabizbajo. Si el fantasma del Exín Castillos nos viera ahora, quedaría lívido para los restos y se refugiaría en su torreón de capirote rojo sin ganas de abandonar las sombras oscuras de los cuartos olvidados.

jueves, 20 de agosto de 2020

De recuerdos verdaderos

 Aún duele como entonces. No tan amenudo ni tan fuerte como les dolió a otros, aquellos protagonistas involuntarios que nos arrojaron a puñados, desvalidos, aterrados o en pedazos por telediarios de media tarde. Sonroja la desvergūenza de quienes ni siquiera les conocieron y poco saben de nosotros, las verdades que vienen imponiendo, los bálsamos que tratan de aplicarnos como veneno que no deja de emponzoñar. Enerva el manoseo nauseabundo de voceros y juglares mancillando su memoria. Desalienta la ignorancia, el candor, los remilgos de aquellos que reniegan del derecho a esta rabia impuesta pero ya para siempre legítima y propia.


Duele porque ya no matan pero aún siguen muriendo, cada día, en cada farsa, cada insulto y desafío. Duele contener todo el odio que encararon, conservar aquella paz que les quebraron a traición y sin sentido. Duele por honor, sin anestesia. Con el orgullo de quien, como otros muchos, preserva la memoria de sus propios ojos, de su propio oido, de sus propias tripas.

sábado, 25 de abril de 2020

El ratón culpable


Un ratón temeroso vivía en una madriguera gobernada con mano firme por una rata imponente. Cada vez que algo salía mal la rata no paraba hasta hallar un responsable y, cuanto más difícil era dar con él, más duro era el castigo.

Como casi nunca resultaba claro quien, de entre la multitud de roedores, provocaba cada fallo, el ratón temeroso empezó a sentirse culpable ante el mínimo percance y, por evitar mayor castigo, se declaraba responsable de inmediato.

El resto de los ratones, al saber que alguien más pagaría por sus errores, empezaron a relajarse y a descuidar su trabajo, así que al poco tiempo los fallos se multiplicaron y fueron agravándose.

Un día que la madriguera fue descubierta por las voraces comadrejas, la rata convocó a todos sus ratones y bramó por el culpable. De inmediato todos miraron al ratón cobarde que, al instante, volvió a admitir:

- Seguro que fui yo.

La rata le miró furiosa pero esta vez no le castigó.

- Me disgusta tu torpeza – le dijo – tanto como admiro tu valor. Ningún otro habría reconocido su culpa por un descuido tan grave.

Y, creyéndole en verdad el más valiente del grupo, decidió enviarle a parlamentar con las hambrientas comadrejas, que merodeaban alrededor tratando de hallar el modo de entrar en la madriguera.

El ratón cobarde no pudo negarse y temblando salió al  encuentro de sus enemigas, con la esperanza de que creyeran que allí sólo vivía él y que estaba tan enfermo que les haría daño al estómago si le devoraban.

Pero las comadrejas intuyeron que mentía y, al primero de sus gruñidos, el ratón les contó todo cuanto querían saber. Después y en un santiamén se le zamparon de un bocado y siguieron con todos los demás que hallaron escondidos en su guarida.


Cada cual ha de hacerse responsable de sus actos pero no de los de otros. Si asumes errores ajenos o les cargas tus culpas a los demás, acabarás pagando con creces.

viernes, 24 de abril de 2020

miércoles, 1 de abril de 2020

Desde la cama

Enredadas en eternos atardeceres distancias insalvables aguardan tras la puerta del dormitorio. Oleajes acompasados con relojes de pared, playas vacías y pasillos abarrotados. Me avergüenzo de las ocasiones perdidas entre impotencia y nulidad. Los desiertos más cercanos eran aquellos que acechaban entre las sábanas y los mejores miedos los que anidaban en la mirada de los otros, multitud de desconocidos que comparten de pronto nuestras mismas inquietudes; risas histéricas con el gesto agrio de incertidumbre dictada a bandazos por veletas de nada fiar. Noches que transitan por lugares comunes, diminutos, de peligros cotidianos que, al cerrar los ojos, se disipan y desatan ventoleras que despliegan los espacios en paisajes inabarcables donde esconderse y soñar, ajenos a los augurios y las amarguras. Urge un despertar sereno en un lecho mullido, desperezarse a la luz de un templado amanecer que recuerde aquellos de la infancia, con los silencios propios de la vida rebosante que ya no se esconde pero escucha prudente los mensajes de las hojas y los pájaros, de las campanas que preceden al bullicio, dispuesta a regresar por sus fueros, libre al fin de ataduras y de males.

jueves, 24 de octubre de 2019

El tiempo usurpado

Despertó con la boca seca y una nube pesada en la cabeza. El regusto de la escuela suspendida duró apenas un instante, lo justo para situarse en otra realidad que en nada se asemejaba a aquellos días. La distancia se había ido endulzando, el escenario resultaba menos arriesgado y su papel más relevante y enriquecedor. Pero el episodio revivido con el énfasis fanático de los juglares había logrado sobreponer lo actual en los recuerdos y amalgamar sentimientos antiguos y modernos hasta el punto de borrar cuanto sucedió entretanto. Como si de un embrujo se tratara se encontró perdido, desposeído de una historia propia, proscrito por aquellos que pretendían enfangarle las memorias con indignidades y pecados ajenos. Tal vez las manos hábiles del trilero hubieran burlado a todos, su sonrisa taimada encandilado por doquier. Pero en cuarenta y cuatro años había aprendido a reconocer la mezquindad del miserable que por un minuto de gloria pretendió despreciarle media vida y enfrentarle al mundo entero.

viernes, 27 de septiembre de 2019

Entre paréntesis

Desperté sin los arrestos para enfrentarme a un día como hoy, a medio camino y con las fuerzas justas, sorprendido incluso, con un regusto insípido de trámite ineludible. Poco de cuanto fue resulta ahora apetecible e incluso la fecha mágica adornada de viernes se atraganta como si fuera un día más.

Después, sin embargo, empiezan los parabienes que se van acumulando. Entre ellos una antigua fotografía que antes jamás había visto. Dos niños sentados a la mesa para el desayuno; sonriente el muchacho, pensativo el chiquillo, poco más que un bebé. Recuerdo a ambos por distintos escenarios, tiempos diferentes y lugares tan distantes que parecen de mundos opuestos, tal vez de vidas separadas. Pero en ambos me reconozco y hallo alivio, los dos me recuerdan que estuve y que estaré, que aguardan a ambos lados de esta vida entre paréntesis.

viernes, 20 de septiembre de 2019

La alimaña

No le habían adiestrado para tareas de aquel calibre. Asomar el hocico una vez al año podía parecer sencillo pero, con el tiempo, mucho había cambiado y casi nada resultaba agradable como entonces.

Mientras observaba las gotas casi salpicándole, sintió de repente todo lo que había llovido, todo el gris que le había ido oscureciendo pero a la vez el calor y la paz que había atesorado en la madriguera, con los suyos.

Atisbó hasta donde su vista maltrecha alcanzaba y fue incapaz de identificar peligro alguno. Tal vez por aquello mismo, el retortijón se le enredó también en las patas, que empezaron a temblarle. Desconfiado hasta de sus propios sentidos, trataba de convencerse de que por más que esperara, nada ahí fuera iba a invitarle un ápice más a salir mañana, ni el siguiente, ni ningún otro día.

Pensó, por otra parte, que la luz, el viento los sonidos que arrullaban el bosque no iban a cambiar y que le aguardarían cuanto hiciera falta. De manera que volvió a ocultarse y dando media vuelta, regresó al fondo del agujero.

Soñó que las sombras aliviaban al claro del sol de Agosto. Que la rivera cercana reverberaba sobre un silencio de hojas quietas. Sus pies sumergidos en un mar de hierba fresca, el aire acariciándole el cuerpo entero. Y al despertar, supo que ese día por fin se atrevería a salir.

Recorrió ansioso el túnel que llevaba al bosque y como cada mañana se detuvo en la salida. Un resplandor rojizo se cernía aún sobre el paisaje calcinado, atravesado de columnas de humo que le abrasó en cada aliento y anegó de lágrimas sus ojos.