jueves, 20 de agosto de 2020

De recuerdos verdaderos

 Aún duele como entonces. No tan amenudo ni tan fuerte como les dolió a otros, aquellos protagonistas involuntarios que nos arrojaron a puñados, desvalidos, aterrados o en pedazos por telediarios de media tarde. Sonroja la desvergūenza de quienes ni siquiera les conocieron y poco saben de nosotros, las verdades que vienen imponiendo, los bálsamos que tratan de aplicarnos como veneno que no deja de emponzoñar. Enerva el manoseo nauseabundo de voceros y juglares mancillando su memoria. Desalienta la ignorancia, el candor, los remilgos de aquellos que reniegan del derecho a esta rabia impuesta pero ya para siempre legítima y propia.


Duele porque ya no matan pero aún siguen muriendo, cada día, en cada farsa, cada insulto y desafío. Duele contener todo el odio que encararon, conservar aquella paz que les quebraron a traición y sin sentido. Duele por honor, sin anestesia. Con el orgullo de quien, como otros muchos, preserva la memoria de sus propios ojos, de su propio oido, de sus propias tripas.

sábado, 25 de abril de 2020

El ratón culpable


Un ratón temeroso vivía en una madriguera gobernada con mano firme por una rata imponente. Cada vez que algo salía mal la rata no paraba hasta hallar un responsable y, cuanto más difícil era dar con él, más duro era el castigo.

Como casi nunca resultaba claro quien, de entre la multitud de roedores, provocaba cada fallo, el ratón temeroso empezó a sentirse culpable ante el mínimo percance y, por evitar mayor castigo, se declaraba responsable de inmediato.

El resto de los ratones, al saber que alguien más pagaría por sus errores, empezaron a relajarse y a descuidar su trabajo, así que al poco tiempo los fallos se multiplicaron y fueron agravándose.

Un día que la madriguera fue descubierta por las voraces comadrejas, la rata convocó a todos sus ratones y bramó por el culpable. De inmediato todos miraron al ratón cobarde que, al instante, volvió a admitir:

- Seguro que fui yo.

La rata le miró furiosa pero esta vez no le castigó.

- Me disgusta tu torpeza – le dijo – tanto como admiro tu valor. Ningún otro habría reconocido su culpa por un descuido tan grave.

Y, creyéndole en verdad el más valiente del grupo, decidió enviarle a parlamentar con las hambrientas comadrejas, que merodeaban alrededor tratando de hallar el modo de entrar en la madriguera.

El ratón cobarde no pudo negarse y temblando salió al  encuentro de sus enemigas, con la esperanza de que creyeran que allí sólo vivía él y que estaba tan enfermo que les haría daño al estómago si le devoraban.

Pero las comadrejas intuyeron que mentía y, al primero de sus gruñidos, el ratón les contó todo cuanto querían saber. Después y en un santiamén se le zamparon de un bocado y siguieron con todos los demás que hallaron escondidos en su guarida.


Cada cual ha de hacerse responsable de sus actos pero no de los de otros. Si asumes errores ajenos o les cargas tus culpas a los demás, acabarás pagando con creces.

viernes, 24 de abril de 2020

miércoles, 1 de abril de 2020

Desde la cama

Enredadas en eternos atardeceres distancias insalvables aguardan tras la puerta del dormitorio. Oleajes acompasados con relojes de pared, playas vacías y pasillos abarrotados. Me avergüenzo de las ocasiones perdidas entre impotencia y nulidad. Los desiertos más cercanos eran aquellos que acechaban entre las sábanas y los mejores miedos los que anidaban en la mirada de los otros, multitud de desconocidos que comparten de pronto nuestras mismas inquietudes; risas histéricas con el gesto agrio de incertidumbre dictada a bandazos por veletas de nada fiar. Noches que transitan por lugares comunes, diminutos, de peligros cotidianos que, al cerrar los ojos, se disipan y desatan ventoleras que despliegan los espacios en paisajes inabarcables donde esconderse y soñar, ajenos a los augurios y las amarguras. Urge un despertar sereno en un lecho mullido, desperezarse a la luz de un templado amanecer que recuerde aquellos de la infancia, con los silencios propios de la vida rebosante que ya no se esconde pero escucha prudente los mensajes de las hojas y los pájaros, de las campanas que preceden al bullicio, dispuesta a regresar por sus fueros, libre al fin de ataduras y de males.

jueves, 24 de octubre de 2019

El tiempo usurpado

Despertó con la boca seca y una nube pesada en la cabeza. El regusto de la escuela suspendida duró apenas un instante, lo justo para situarse en otra realidad que en nada se asemejaba a aquellos días. La distancia se había ido endulzando, el escenario resultaba menos arriesgado y su papel más relevante y enriquecedor. Pero el episodio revivido con el énfasis fanático de los juglares había logrado sobreponer lo actual en los recuerdos y amalgamar sentimientos antiguos y modernos hasta el punto de borrar cuanto sucedió entretanto. Como si de un embrujo se tratara se encontró perdido, desposeído de una historia propia, proscrito por aquellos que pretendían enfangarle las memorias con indignidades y pecados ajenos. Tal vez las manos hábiles del trilero hubieran burlado a todos, su sonrisa taimada encandilado por doquier. Pero en cuarenta y cuatro años había aprendido a reconocer la mezquindad del miserable que por un minuto de gloria pretendió despreciarle media vida y enfrentarle al mundo entero.

viernes, 27 de septiembre de 2019

Entre paréntesis

Desperté sin los arrestos para enfrentarme a un día como hoy, a medio camino y con las fuerzas justas, sorprendido incluso, con un regusto insípido de trámite ineludible. Poco de cuanto fue resulta ahora apetecible e incluso la fecha mágica adornada de viernes se atraganta como si fuera un día más.

Después, sin embargo, empiezan los parabienes que se van acumulando. Entre ellos una antigua fotografía que antes jamás había visto. Dos niños sentados a la mesa para el desayuno; sonriente el muchacho, pensativo el chiquillo, poco más que un bebé. Recuerdo a ambos por distintos escenarios, tiempos diferentes y lugares tan distantes que parecen de mundos opuestos, tal vez de vidas separadas. Pero en ambos me reconozco y hallo alivio, los dos me recuerdan que estuve y que estaré, que aguardan a ambos lados de esta vida entre paréntesis.

viernes, 20 de septiembre de 2019

La alimaña

No le habían adiestrado para tareas de aquel calibre. Asomar el hocico una vez al año podía parecer sencillo pero, con el tiempo, mucho había cambiado y casi nada resultaba agradable como entonces.

Mientras observaba las gotas casi salpicándole, sintió de repente todo lo que había llovido, todo el gris que le había ido oscureciendo pero a la vez el calor y la paz que había atesorado en la madriguera, con los suyos.

Atisbó hasta donde su vista maltrecha alcanzaba y fue incapaz de identificar peligro alguno. Tal vez por aquello mismo, el retortijón se le enredó también en las patas, que empezaron a temblarle. Desconfiado hasta de sus propios sentidos, trataba de convencerse de que por más que esperara, nada ahí fuera iba a invitarle un ápice más a salir mañana, ni el siguiente, ni ningún otro día.

Pensó, por otra parte, que la luz, el viento los sonidos que arrullaban el bosque no iban a cambiar y que le aguardarían cuanto hiciera falta. De manera que volvió a ocultarse y dando media vuelta, regresó al fondo del agujero.

Soñó que las sombras aliviaban al claro del sol de Agosto. Que la rivera cercana reverberaba sobre un silencio de hojas quietas. Sus pies sumergidos en un mar de hierba fresca, el aire acariciándole el cuerpo entero. Y al despertar, supo que ese día por fin se atrevería a salir.

Recorrió ansioso el túnel que llevaba al bosque y como cada mañana se detuvo en la salida. Un resplandor rojizo se cernía aún sobre el paisaje calcinado, atravesado de columnas de humo que le abrasó en cada aliento y anegó de lágrimas sus ojos.