sábado, 20 de octubre de 2012

Said (Entre dos cartas)


Said escuchó los aplausos de los niños como si estuviera a quilómetros de distancia y sus rostros alegres le parecieron animados por una extraña fuerza ajena por completó a él mismo. Alrededor, la plaza seguía hirviendo en ruidoso bullicio pero sus ecos no alcanzaban a imbuirle de realidad. Diríase que no estaba allí, que todo era un sueño, pues nada se mostraba a su alcance y, aún peor, nadie se percataba de su presencia. Buscó ansioso una mirada a la que asirse, una voz que reclamara su atención pero todo se alejaba sin remedio rozándole al pasar con eterna indeferencia.
- ¿Tanto te gustó mi cuento?
Escuchó sus palabras al límite del total abandono y, como cables salvadores, tiraron de él hasta devolverle a la realidad con tal violencia que un sobresalto agitó su cuerpo sentado en el suelo. Aún necesitó unos segundos para saberse seguro de vuelta antes de atreverse a preguntar.
- ¿Qué me ha pasado? – Y hallándose solo frente a la muchacha, añadió asustado - ¿Dónde están los niños?
- Todos han marchado ya – contestó simplemente mientras recogía la manta sobre la que estuvo sentada.
Said la observó con atención en busca de algún gesto que delatara la extraña naturaleza que le suponía. Convencido estaba de que era la causante de su incómoda experiencia, pero, lejos de sentirse atemorizado, ansiaba conocer el modo y sobre todo el motivo que le había llevado a hechizarlo de tal modo.
- Espera – le gritó al verla dispuesta a marchar. Mas por sola respuesta obtuvo una corta sonrisa.
- Me llamo Said – insistió, como si aquel gesto de confianza pudiera hacer que se quedara.
            La joven le miró con tal fijeza que el muchacho se sintió asaltado, vuelto del revés y al cabo de un instante le volvió a sonreír con una pizca de satisfacción que llenó su espíritu de desconfianza. Le había reconocido, estaba seguro de ello; y, aunque no fue capaz de discernir porqué, aquello le sumió en una profunda inquietud que no pudo calmar con su templanza.
            Cuando la muchacha se despidió en silencio para alejarse lentamente por la plaza, supo con certeza que volvería a ver su cara de Ángel. Sólo tenía que esperar. De sobra sabría donde encontrarle.


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miércoles, 17 de octubre de 2012

Dejemos que hablen


Antonio guardó un silencio demasiado largo, soportando la mirada confusa del viejo quien tampoco acababa de comprender que su hijo hubiera abandonado el hospital y evitara discutir el extrañísimo asunto que les había unido aquella tarde.

Yo les había dejado abandonados durante unos cuanto días, pendientes del viaje de vuelta, abocados tal vez a una noche de argumentos inútiles y tramas moribundas.

No es la primera vez que el devenir de los acontecimientos me supera y dejo a mis personajes a la espera de una inspiración más esquiva que nunca. En cuestión de semanas, el hilo de mi intriga se ha enredado en un ovillo difícil de desembrollar y, a trancas y barrancas he ido forzando a mis infortunadas criaturas a situaciones cada vez menos creíbles, sin apenas opciones para salir airosos.

Aún recuerdo a Said y Aurora refugiándose en un bar del frío insoportable la noche que salieron en busca de Álvaro para llevarle junto a su amiga moribunda. De distinta manera compartíamos los tres la inquietud de aquel encuentro íntimo, envueltos en la jarana del local, atenazados por la tensión  del momento crucial que atravesaban sus vidas (y la mía propia). Tras sentarles a la mesa de mármol y colocar la atención del muchacho en el portal de Álvaro del otro lado de la calle, les abandoné (quedando yo mudo) sin más idea que el vago anhelo de hacer de aquel un momento memorable y clave para el transcurrir de lo que, meses después, titularía “Entre dos cartas”.

Pronto comprobé, sin embargo, que aquella tarea iba a resultar imposible si me empeñaba en mantener mi urgencia creativa centrada en ideas cada vez más peregrinas y, aún a tiempo, comprendí que sólo volviendo a su lado, observando y escuchándoles lograríamos los tres salir de aquel atolladero. Como un fisgón necesario y bienvenido, me senté pues a su mesa y les dejé conversar como sólo ellos podían hacerlo. Escuché atento cada palabra y estudié todos sus gestos mientras me sorprendían con un cuento compartido que disolvía como por encanto el atasque de la historia y que culminaría unos cuantos capítulos después, muy cerca del final, cuando nuestros destinos estaban ya decididos.

Hoy, ante los protagonistas de mi última obra, estoy seguro de que tampoco ellos me defraudarán. Como tampoco lo harán los vuestros si les dais la oportunidad de guiaros. Recordad que únicamente es cuestión de tiempo que digan lo que tengan que decir y que vosotros sólo tenéis que dejarles hablar.

domingo, 14 de octubre de 2012

XXXI


Tal vez si la ventana de su habitación hubiera dado al aparcamiento, se habría asomado al escuchar la sirena que, en su confuso estado de ánimo (mezcla de rabia y preocupación) le había sonado lejana y ajena por completo. Quizás la escena le habría devuelto entonces las sensaciones de aquella otra tarde en que se le llevaron para siempre y habría así recuperado algo de la satisfacción que se le había ido consumiendo en las últimas semanas.

Cumplido el objetivo mucho más allá de sus mejores expectativas, aquel éxito empezaba a perder el lustre y pronto parecería tan solo uno más de sus caprichos pasajeros. Peor aún; enturbiado por la inicial amenaza de la policía y la más reciente de los dos futuros psicólogos, estaba convirtiéndose en un constante motivo de furia y de pánico.

¿Qué más sabría Romero? ¿Qué les habría contado ya a sus amigos? Pensó que tal vez no se hubiera perdido y fuera él quien lo encontrara. En un obsesivo ejercicio de autodefensa, corrió al armario y abrió uno de los cajones. De debajo de su ropa interior extrajo una hoja de papel doblada. La misma que, en un acto de audacia que aún le causaba cierto orgullo, había conseguido recuperar de su cuarto y que descubrió incompleta unos minutos después, al volver a leerla en su habitación. Debía haberla destruido en ese mismo instante, pero le faltó valor y la guardó con las otras.

Semanas después, al repasar sus líneas hasta la esquina amputada, fue recuperando el sosiego con la certeza de que bien poco podía delatarle un pedacito minúsculo de papel con un puñado de palabras inconexas. Y el resto de las notas, aquellas que le había enviado con anterioridad y cuyas copias había releído cientos de veces, no mencionaban su nombre para poder incriminarle. Con un dolor repentino que hacía tiempo no sentía ya, se preguntó qué habría hecho Antonio con aquellas súplicas ingenuas, si las habría leído siquiera o las habría tirado también como hizo con ella. De no haberlo hecho, quizás sus padres las guardaban ahora celosos con los recuerdos de su hijo y, quien sabe, si algún día las leerían y serían capaces de recordarla. La tercera opción, la de que obraran en poder de Romero, podía resultar inconveniente pero (volvió a repetirse) en ningún caso peligroso.

A lo mejor no llegó a serenarse como había creído o el impacto de cruzársele en las escaleras fue demasiado brutal. El caso es que el rostro lívido de Romero (a quien la sangre le obnubilaba los sentidos) y el comentario que intercambió con Luis mientras se alejaban, terminaron por ponerle en guardia y le azuzaron un sentimiento de supervivencia que empezó a darle miedo.

“Tú no le viste tambaleándose como yo, pero ya te lo contará tu hermano”, le había dicho al menor de los Vicente. Y el otro recordó a Antonio tratando de abandonar el cuarto de baño la noche que le estranguló.

jueves, 11 de octubre de 2012

Hasim (Entre dos cartas)


...un año más tarde el joven comerciante regresó al fortín y volvió a encontrarse con la enorme tienda de los Magos plantada en el patio. Mucho se cuidó esa vez de acercarse por allí, tanto que no dudó un instante en colocar su campamento tras el último barracón, en el lugar más oscuro y siniestro de todo el patio, con tal de verse lejos de aquellos chiflados. Por aquel entonces Hasim no era un hombre rico; apenas ganaba lo suficiente para disimular su miseria y sólo su infinito tesón le había permitido salir un año más de su aldea hacia los mercados de Occidente. Dos tiendas, cuatro mulas y un montón de baratijas era lo único que hubiera podido perder Hasim antes de quedarse sin nada y sólo sus tres porteadores le recordaban que aún cabía ser más desgraciado. Eran aquellos, tres miserables que se arrastraban por el desierto con la única esperanza de encontrar un necio al que desvalijar; ellos y otros aún peores eran lo único entre lo que un pobre comerciante podía elegir a la hora de encontrar mano de obra barata. Nunca le gustaron, por supuesto, pero les necesitaba para poner en marcha su modesta caravana y no dudó en comenzar con ellos el largo viaje. Pronto descubrió, sin embargo, que no eran tan holgazanes como parecían y el buen mercader les concedió su aprecio y confianza. Mas cuán equivocado estaba el pobre Hasim; detrás de su aparente mansedumbre e interés ocultaban el indigno deseo de arrebatar a su amo lo poco que tenía. Durante mucho tiempo lo habían planeado pero fue aquella noche la que les ofreció la mejor oportunidad; tras el último barracón nadie pudo ver cómo atacaban a Hasim mientras dormía, cómo cargaban precipitadamente lo que de algún valor encontraron en las tiendas ni cómo huían por la brecha del muro llevándose las mulas consigo. Nadie escuchó siquiera los gritos de Hasim, ni olió el fuego que consumía su campamento; la paz del desierto no podía turbarse por la desgracia de un pobre infeliz. El mercader sólo pudo llorar; arrodillado en la arena y con el cuerpo magullado, esperó a que las llamas convirtieran en cenizas los últimos restos de su tesoro antes de abandonarse en los brazos de la muerte.

Cuando abrió los ojos se encontró en la penumbra de un incierto amanecer; lejos se oían los rumores de los que aún vivían y al tacto en sus manos sintió la suavidad de un cálido sudario. Una luz se deslizó entre las sombras y tres figuras se plantaron frente a él; cerró otra vez los ojos y volvió a soñar con su aldea.

Los Magos cuidaron de él hasta que sanó de todos sus males. Nadie en el campamento había querido hacerse cargo de Hasim cuando le encontraron inconsciente sobre la arena y sólo Ibrahim, uno de los criados de Gaspar le llevo ante sus amos, con la esperanza de que pudieran curarle con su ciencia. Inmediatamente los Reyes se pusieron al cuidado del hombre y decidieron alojarle en su tienda como lugar mas apropiado para el reposo que aconsejaba su crítico estado. Día tras día velaron sus sueños y aplacaron sus delirios con la misma dulzura con la que hubieran tratado a un hijo. Lavaron sus heridas, prepararon ungüentos y brebajes, rezaron por él cuanto pudieron e incluso Gaspar se levantó cada noche en silencio para ahuyentarla cada vez que sintió la muerte rondar el lecho del enfermo...


martes, 9 de octubre de 2012

Otros pasos


Siendo el mismo caminar,
ya no encuentro en el paseo
la  materia necesaria de un poema.

Piedras viejas rescataban
los suspiros de mi alma,
los gritaban en ecos encendidos
que encauzaban en palabras
las cuestas y revueltas de las calles.

Son aquí los espacios más abiertos,
blando el suelo, de pasos silenciosos.
Sin paredes ni cancelas,
los murmullos se escapan para siempre
sin alcanzar la esencia de los versos.

jueves, 4 de octubre de 2012

Moses (Entre dos cartas)


Uno, dos, tres, contaba Moses para sí, dilatando la espera más allá de cuanto hubiera deseado su impecable confianza. Hombres más recios habíanse rendido a sus puños sin apenas recibir un solo golpe, tal era su destreza en las distancias cortas. Pero algo se enredaba en sus músculos reteniendo el ímpetu que en vano se obstinaba en mantener. Algo en la calma exasperante que albergaba la actitud, apenas inquieta, de su adversario, algo suspendido en el ambiente lúgubre del cuarto, susurrado a medias por las aguas oscuras del río helado; el miedo a una muerte inesperada entre sombras extrañas lejos del cálido abrigo del sol del desierto. Cuando el otro alzó al fin la vista y encontró  la mirada perpleja de Moses, no sólo la tarde se estremeció al caer, perdida para siempre; también sus ojos se enredaron en un odio infinito de noche de invierno, que no había nunca de abandonar sus almas ni las tinieblas que las unían. Cómo deseó entonces Moses haber perdido la razón en brazos de una mujer, cualquiera de las que amó; cómo despojarse de la justa fama de audaz bravucón, que le había llevado hasta allí. Habría así evitado el mirar fijo de la muerte en las enormes pupilas del espectro que tenía enfrente. Y con ello el pánico ancestral, la atávica angustia de perderse sin más en el silencio de una noche efímera. Trató en vano de aferrarse a la razón para calmar su espíritu aprensivo, alimentado en tardes de hogueras por los viejos rituales de su infancia. Mas nunca como entonces había sentido la absoluta certeza de lo inevitable, el frío, las sombras, el fin. Nada podía hacer por detenerlo, ni siquiera escapar era posible. Recordó trances similares superados con orgullo de guerrero; maridos ultrajados, bandidos emboscados, peleas desiguales como aquella que libró por defender una carta frente al muro en el desierto. Pero en ninguno descubrió el mismo miedo poderoso controlar su voluntad, nunca se había sentido acorralado de tal forma por un solo hombre cargado de sombras. Sin perderlo de vista respiró profundo Moses. Tres, dos, uno, descontó ahora forzando a su destino, cualquiera que fuese, a mostrarse de una vez en la penumbra de la tarde. Y al llegar a cero, sin más excusas que su propio miedo, dejó que sus instintos le guiaran hacia lo desconocido.

martes, 2 de octubre de 2012

XXX


“Os juro que había alguien”.

Si no hubiera sido por el gesto acongojado con que trató de convencerles, tal vez también él habría dudado.

El tono confidencial del conciliábulo en una esquina de la cafetería ya le había resultado amenazador y la presencia de Romero le había alertado lo suficiente para, arriesgándose a una reacción inesperada del futuro psicólogo, acercarse cuanto pudo al grupo. Julián, visiblemente alterado e incapaz de aguardar a momentos más privados, insistía en afirmar que vio una sombra moverse tras la puerta del cuarto de Antonio.

“No sé de qué hablas”, replicó Romero cuando su amigo solicitó su apoyo con una mirada intensa.

A su lado, Miguel Ángel, escuchaba atento, mientras Díaz y el mayor de los Vicente intercambiaban miradas de estupefacción intercaladas con su habitual estudio de la prensa deportiva.

“¿Creéis que debería contárselo a Pablo?”

“No creo que vaya a hacerle mucha gracia”, advirtió Díaz en un tonillo sarcástico que a Miguel Ángel le pareció bastante injusto.

Recordaba con perfecta claridad la expresión que un comentario similar a la mismísima sugerencia del de periodismo la tarde que le visitó abrazado a una pelota de baloncesto, había provocado. En aquella ocasión, Díaz había aceptado que no merecía la pena y había abandonado su cuarto con cierta renovada calma, dejando al de medicina sumido en aquella incertidumbre que le había durado unas semanas; las mismas durante las cuales y, para regocijo del resto de sus amigos, su relación con Gerardo se había ido congelando a fuerza de sospechas y conjeturas, en ningún caso aclaradas por el cada vez más esquivo personaje. Tal vez este pensamiento le despertó un sentimiento de rabia que concentró en su mordaz comentario:

“Aquí parece que cada día descubrimos algo nuevo”.

Consiguió controlar el impulso de mirarle a los ojos, seguro como estaba de que también Romero le estaría observando. Con una inseguridad de la que ya no se creía capaz, se levantó del sofá y salió al pasillo.

De haber aguardado cinco minutos más habría escuchado el juramento airado que estalló en la barra y asistido al alboroto que se organizó en cuestión de segundos.

Marcos se sujetaba el brazo con un gesto furioso que empezaba a perder color a medida que veía chorrear la sangre de su mano izquierda. De inmediato saltaron los que ocupaban los taburetes más próximos, pero ninguno se acercó hasta el compañero que ejercía de camarero, seguramente espantados por la escandalosa hemorragia.

Roberto fue el primero en asistir al herido, mientras el otro estudiante de medicina, menos entusiasmado por el trabajo sucio de campo, descolgaba el teléfono y solicitaba una ambulancia que, tan solo cinco minutos después, hacía estrepitosa entrada por el aparcamiento.

Miguel Ángel les había descrito con pericia profesional la naturaleza de la lesión que accidentalmente se había infligido el camarero y, en cuanto entraron en el vestíbulo, los enfermeros reclamaron la presencia experta del veterano, quien acabó arrastrado al interior del vehículo en el precipitado traslado de Marcos hasta el hospital.

Miguel Ángel aceptó resignado que tendría que acompañar a Marcos hasta que le hubieran cosido y dado el alta, pero prefirió esperar cuando, dada su condición de futuro colega, le invitaron a atender al tratamiento del muchacho.

“Estaré aquí mismo”, le recordó a su compañero con una sonrisa sincera pero poco entusiasta que ya se le había borrado cuando tomó asiento junto a un chavalín que se aguantaba las lágrimas mientras su madre le acariciaba la cabeza y chasqueaba la lengua, mirándole la pierna astillada.

“Menudo año lleváis”, le recordó el enfermero que había atendido a Marcos en la ambulancia. Aprovechando un respiro, se había sentado a su lado y revisaba una libretita de notas.

Miguel Ángel hizo un gesto de indiferencia que al hombre pareció descolocarle durante el par de minutos que siguieron.

“Buen gesto el de venir con tu amigo”, señaló al ponerse en pie tras guardarse la libreta en el bolsillo del pantalón.

Le miró con una mezcla de agradecimiento y admiración que explicaba aquel súbito interés.

“Para eso estamos”, replicó vagamente el muchacho.

“No todos sois tan considerados”.

El enfermero pareció dudar un instante antes de continuar.

“Otro de vuestros compañeros, sin ir más lejos, se coló en el cuarto de ese muchacho, el que se mató hace unas semanas”, aclaró con cierto azoro, “cuando aún  empujábamos la camilla con su cadáver por el pasillo. Le encontré revolviendo entre las cosas que había sobre la mesa y ni siquiera me miró cuando le pedí que dejara todo tal como estaba. Salió corriendo sin decir una palabra y con algo en la mano”.

Miguel Ángel, que se había inclinado hacia el hombre, dando muestras de toda su repentina curiosidad, no tuvo tiempo de preguntar antes que el otro acrecentara su duda.

“No sé si sería dinero, ni digo yo que le robara; pero podía al menos haber dado una explicación en vez de largarse de esa forma”.

“¿Dónde fue?” Preguntó el muchacho, tratando de concretar sus elucubraciones.

“No le seguí”, admitió algo avergonzado. “Tenía que recoger el instrumental y no me pareció oportuno…El pasillo estaba lleno de chavales curioseando desde sus cuartos. Seguro que alguien le vio salir”, añadió eximiéndose de una responsabilidad que debía haber empezado a aceptar y que sin duda explicaba que, aprovechando la oportunidad que el destino le brindaba, se estuviera sacando del pecho aquel asunto sin hablar con la policía.

“Una desgracia, si señor”, suspiró el enfermero mientras se ponía de pie y se alejaba; como si el carácter irreversiblemente trágico del suceso pudiera servir para ocultar aquella posible intriga que la policía parecía haber intuido y que, cada vez más, Miguel Ángel empezaba a creer.