viernes, 4 de noviembre de 2016

Un muerto y ocho notas

El viejo volvió a morirse, como tantas otras veces. Como siempre, lo anunció a los cuatro vientos a gritos y a la carrera aunque a estas alturas a nadie pilló ya por sorpresa. Su rostro sereno y el silencio, comienzo de una panorámica por los gestos más o menos compungidos de aquellos sus amigos, resultaron reconfortantes hasta que el sollozo escandaloso del muchacho desató la congoja del velorio. El chiquillo le llama en voz baja, la mujer se lo lleva aparte y le alivia el alma a respuestas sosegadas. Tantas veces ha pasado, que conozco cada frase y ni siquiera el sincero desconsuelo infantil me altera como entonces. Tanto hemos llorado ya por esto (la tía a moco tendido) que al fin me deja indiferente; apenas les presto atención mientras rememoran los últimos días del marinero, al pie del barco sobre el coro de plañideras ...

Pero rasgan los primeros acordes, las voces exclaman el mítico lamento y la música se precipita como un torrente. Y otra vez me toma por asalto con el desgarro de algo que no ha de ser la pena extraña, artificial de lo que nunca llegó a pasarnos de verdad, a lo que asistimos como meros espectadores de tarde de domingo. Algo que reside en algún punto remotísimo, velando sensaciones intemporales que libera desbocadas al ritmo de cualquier melodía repentina. Una llave universal, un veneno mortífero. Cuatro notas y otras cuatro, vibrando en armonía al acecho de nostálgicos desprevenidos.

viernes, 14 de octubre de 2016

La decisión

El aluvión de críticas le resbaló como el resto de comentarios malintencionados que le fueron llegando de todas partes. Ni siquiera sus más allegados habían sido capaces de mantener al menos cierta neutralidad y empezaban a expresar su malestar de manera soterrada; que si qué necesidad había, que si a ver en qué paraba aquello...y vuelta la burra al trigo, como si no lo supiera él bien. Pero siguió impávido observándose la punta de los zapatos mientras se estiraba en su butaca.

Repasó sus últimas decisiones y volvió a sentirse seguro de haber obrado con buen juicio. Las consecuencias, le advertían, podrían ser nefastas, pero hasta el momento ninguna catástrofe había sobrevenido y en mantenerse dicha calma cifraba él sus esperanzas de triunfo.

“Señor”, le sorprendió su secretaria asomándose por detrás de la puerta. “Hay alguien que desea verle. No quiso decirme su nombre”, se adelantó a responder.

“Es igual. Que pase”.

Casi de inmediato un hombre entró en el despacho y se acercó sin titubeos hasta quien se había puesto en pie para recibirle.

“Conozco sus quebraderos de cabeza y estoy aquí para ayudarle”.

“¿A sí?”

“En efecto. ¿Tomamos asiento?”

“Como guste”.

Volvió a ocupar la butaca de cuero marrón y el otro se sentó en un sillón algo más bajo.

“Usted dirá”, le animó al ver que de pronto guardaba silencio.

“Le propongo un juego”.

“Vaya”.

“Un pasatiempo de lo más sencillo. Usted se olvida de quién es por unos minutos y yo le cuento quién soy yo”.

“Acepto la segunda parte. La primera va a resultar harto difícil”.

“Tal vez no tanto. Qué tal si empiezo por mi fecha de nacimiento. Un tres de Abril de hace treintaiséis años.

“¡Qué casualidad!”

“¿Verdad que sí?” Me crié en Soria y  como usted tuve un hermano y dos hermanas.

El rostro del otro palideció.

“Elena murió, en efecto y papá y mamá nunca lo superaron. Tal vez por eso decidieron lo del internado de Madrid”.

“Un sitio horrible”.

“Usted lo ha dicho. Y solitario. A pesar de estar rodeado de chiquillos a todas horas, fui incapaz de sentirme acogido. A cambio me enfrasqué en lecciones y libros de texto”.

“Por un magnífico expediente”.

“Que a todos pasó desapercibido”.

“En casa elogiaban mis notas”.

“No se engañe. A nadie le importó demasiado lo que fuera de nosotros. Tal vez por eso me aferré a una obsesión ególatra que dio conmigo en despachos y cargos públicos”.

“Maldita política”.

“Mas rentable. Costeó lo poco que deseé, caprichos innecesarios en su mayoría que en nada me satisficieron”.

“Aun así muchos suponen que esto es jauja”.

No pudo evitar una sonrisa.

“Cuando en realidad soporto una vida miserable”.

“Exagera”.

“Ni un ápice; más vale que me crea. De lo contrario acabará por equivocarse de verdad”.

“¿A qué se refiere?”

“De un tiempo a esta parte la presión de unos y de otros se ha acentuado y por momentos he llegado a flaquear. Hice cosas que no debía y de las que no consigo arrepentirme”.

“¿Usted?”

“Fue cosa mía, sí. Como habrá de serlo todo lo demás”.

Sujetó con fuerza los brazos de la butaca debatiéndose entre seguir escuchando o ponerse en pie y dar por terminado aquel absurdo.

“ Si tiene algo de lo que acusarme...”

“ En absoluto. Su carrera está impoluta. Y así ha de seguir”.

El otro relajó el gesto.

“No sé si...” balbuceó “Me falla la memoria”.

“No se apure. Verá qué sencillo”.

El hombre se levantó del sofá y se puso junto a él.

“No puedo retrasarlo mucho más. Sígame”.

Le ayudó a ponerse en pie y los dos se fueron hasta la puerta del balcón.

Una niebla espesa enturbiaba la mañana ocultando la calle varios metros por debajo. El hombre se asomó sujeto a la barandilla y en el inesperado silencio que le rodeaba intuyó que nada existía bajo sus pies, nada tras su espalda o sobre su cabeza. Se palpó el pecho y el estómago que había dejado de dolerle y en su mente descubrió un vacío acogedor exento de urgencias y de dudas. Antes de abandonarse por completo le pareció escuchar que le llamaban.

“Adelante”.

“Le esperan en la sala”.

“Dígales que estaré en un momento”.

Su secretaria titubeó antes de preguntar.

“¿Ya tomó una decisión?”

El hombre asintió despacio con una sonrisa y la mujer no pudo evitar que un escalofrío le recorriera la espalda.

viernes, 19 de agosto de 2016

Juegos de verano

El silencio que siguió le confirmó que había alcanzado su escondite sin ser visto. Le pareció sin embargo que su escandaloso jadeo podía aún delatarle, pero no pudo hacer gran cosa por serenar el alboroto de su pecho y sólo al cabo de un par de minutos, volvió su respiración a cauces normales. Otro chiquillo se detuvo no muy lejos de allí pero casi de inmediato se alejó a la carrera.

El seto era lo suficientemente frondoso para ocultarle por completo (especialmente en el crepúsculo de aquel área sombría del jardín) y el césped suave para su rodilla magullada. Había llegado   apenas tres días atrás y aún le escocía el sabor salado del agua en los labios. Desde entonces no había parado de correr. Estaba cansado y decidió tenderse en el suelo mientras el cielo se enturbiaba de un morado reconfortante. Al cabo de unos minutos despertó sobresaltado en plena noche. Los ecos del tráfico cercano le habían rescatado de un sueño imprudente. Con esfuerzo y en silencio se puso en cuclillas y escudriñó entre las hojas del arbusto. Ni rastro de los otros chavales. Les imaginó escondidos como él, tal vez a tan sólo unos metros, deseando no ser descubiertos y se preguntó hasta cuándo estarían dispuestos a esperar. A él ya se le había pasado por la cabeza desvelar su posición pero el orgullo se lo había impedido. Ahora, sin embargo, entre sombras más oscuras el silencio le resultaba demasiado  imponente. Como si nunca antes hubiera estado solo, comenzó a temblar y los ojos se le llenaron de lágrimas.

“¡Por  mí y por todos mis compañeros!” oyó gritar desde muy lejos y de inmediato protestas y risas se mezclaron con el discreto barullo de la noche de Agosto.

El muchacho cerró con fuerza los párpados y se tapó los oídos bajando la cabeza. Las quejas y el regocijo le resultaban aterradores como las palabras ininteligibles de aquel lenguaje extraño tan lejos de casa. Y siguió escondido. Tal vez para siempre.

viernes, 15 de julio de 2016

Anoche

La madre le encontró sentado frente al televisor, su mirada (de habitual viva e inquisitiva) congelada en un gesto de madurez aterrador. Su primer impulso fue apagar el aparato, pero ella misma quedó atrapada por el pavoroso espectáculo y tan sólo pudo sentarse en silencio al lado del chiquillo. Ante aquel impúdico desfile de dolor la mujer sintió las primera lágrimas calentarle las mejillas, pero tuvo que contenerlas al comprobar de reojo la sobriedad del semblante de su hijo.

El locutor continuó su macabro relato pero ninguno prestaba atención. Ellos no escuchaban y también dieron en callar, como si sólo un silencio reverencial, el mismo que obligados guardaban sobre la acera, pudiera dotar de algún sentido a cuanto presenciaban.

Al cabo de un instante eterno percibió un ligero temblor en los labios del muchacho que atizó la rabia que le bullía en el alma y en la mente. Estuvo a punto de expresar lo que el odio le dictaba en juramentos irrepetibles, pero justo entonces el niño la miró y volvieron a encontrarse en aquel punto concreto de su existencia, conectados con la propia esencia de lo que es y seguirá siendo no importa quien trate de aniquilarlo.

miércoles, 1 de junio de 2016

La miel, el oso y el zorro

Un delicioso panal de miel colgaba de una de las ramas más altas de un árbol. Por allí pasaban a diario un oso y un zorro y ambos se relamían con la visión de tan apetitoso manjar.

Cuando el oso lo miraba, una inmensa tristeza se apoderaba de él al saberlo inalcanzable. Sin embargo el zorro se llenaba de enérgica ilusión cada vez que lo veía desde abajo.

Día tras día la frustración del oso fue creciendo al tiempo que la esperanza del zorro se hacía más real. Por no sufrir más, el oso cruzaba cada vez más deprisa bajo el árbol casi sin mirar el panal, mientras el zorro seguía celebrando entusiasmado la presencia de la miel dando vueltas alrededor del tronco.

Un buen día, tras una noche de tormenta, el oso pasó bajo el árbol con la mirada en el suelo. “Qué pena no poder comerlo” refunfuñó mientras se alejaba. Unos minutos después el zorro se acercó como cada mañana y, para su deleite, encontró el panal enganchado en una rama más baja. Sin duda el vendaval lo había desprendido durante la noche y aguardaba al alcance de sus zarpas. Alzado en las patas traseras, el zorro cogió el panal con sus fauces y se alejó de allí pensando “Mañana empezaré a buscar en otra parte”.


No pidas con lamentos ni desees sin ilusión. Llegan antes los que disfrutan la espera.

viernes, 27 de mayo de 2016

Partículas

Contemplando su intenso titilar naranja apenas unos centímetros por debajo de la luna llena, tuve la certeza de hallarme ante una estrella poco común. Tal vez ni siquiera estrella “sino planeta”,  me aventuré a apostillar con cierta vanidad. Lástima no haber asociado ese color rojizo al astro en cuestión pues habría así culminado mi más certera y astronómica conjetura.

Cuando unas horas más tarde la prensa digital me puso al tanto de mi acierto, apenas percibí una tímida vanagloria en nada comparable al sobrecogimiento de haber asistido consciente a la presencia real de algo hasta entonces sólo imaginado: Marte expuesto no frente al universo, la galaxia o su planeta vecino; ni siquiera ante el viejo continente o la isla que me acoje. No; Marte mostrándose humilde a los ojos de un hombrecillo calvo, sin obstáculos ni barreras, conectados de manera necesaria e inevitable como dos partículas de la misma cosa.

lunes, 9 de mayo de 2016

Un ángel por primavera

Escuchó el repentino estruendo y sintió que el suelo temblaba bajo sus pies. Asustado saltó de la cama y, apartando las cortinas, se asomó al balcón.

El primer Sábado de Mayo se presentaba con un sol glorioso casi desconocido por aquellos lares y la brisa suave que le envolvió evocaba aromas largamente olvidados. Un escándalo de trinos le asaltó bullicioso y hasta el tráfico tranquilo de Manchester Road le resultó agradable.

Arrebatado por aquel súbito despertar y tal cúmulo de sensaciones, sintió la urgencia de bajar y salir a la calle. Al llegar al segundo piso un impulso jovial le recorrió de abajo a arriba imbuyéndole un gozo indescriptible que le acompañó hasta la acera.

Justo allí, una flor recién brotada resquebrajaba el murito de ladrillo.

jueves, 24 de marzo de 2016

Los zapatos del abuelo

Las túnicas negras desfilaban tan cerca que algunas le rozaban el rostro y mezclaban su tufo a naftalina con el aroma pesado de los cirios que se derretían del otro lado. Las sogas ajustaban cinturas de todos los calibres que se giraban nerviosas si la comitiva se detenía más de lo esperado; no en vano el frío de la noche despejada mortificaba a los penitentes tanto o más que la angustia de acompañar a Cristo en su camino al calvario. Las esquilas resonaban caprichosas sin el acoso de los tambores que guardaban silencio el miércoles de madrugada.

Aún de la mano de su padre, seguía evitando las miradas imponentes de los capuchones. Él prefería mirarles a los pies y reconocerle por los zapatos.

viernes, 19 de febrero de 2016

Primeras señales

A medio camino entre la apatía y un entusiasmo forzado, el día se deliza parsimonioso acariciándome las sienes con inquietante insistencia que apunta maneras de cefalea incipiente. Jueves que saben a viernes, viernes que parecen lunes; mañanas remolonas forzando tardes espigadas que empiezan a madurar. La magnitud del proceso eterno, invariable, resulta abrumadora en los pequeños detalles; insignificantes vestigios de la gloria que renace, elevándonos al rango de lo infinito.