jueves, 19 de enero de 2012

V

Zambulló su mirada en la tinta negra del periódico en cuanto le vio acercarse con una sonrisa nerviosa en la cara. Desde que la tarde anterior Miguel Ángel apareció en el pasillo del otro lado de la puerta, había conseguido evitar al resto de sus compañeros sin encerrarse a cal y canto en su habitación como desde un principio hubiera deseado. En todo momento había sido capaz de mantener la calma suficiente para comprender que una actitud evasiva podría levantar sospechas y que más valía mostrarse indiferente y distraído que preocupado y culpable. Aquello fue sencillo tratándose de Miguel Ángel  con quien apenas cruzó un par de frases antes de que le dejara tranquilo. El veterano era así, distante y soberbio como pocos, nada dado a compadreos innecesarios. Con el resto había resultado algo más complicado aunque, alterados como andaban todos con la noticia y mucho más dispuestos a escuchar que a soltar prenda, ninguno había dado demasiada importancia a su mutismo y nadie se le había acercado con chismes o rumores; él, que tanto hubiera sido capaz de contar. No pudo dejar de sentir cierto placer al saberles confundidos, elucubrando hipótesis para una verdad que tan solo él conocía, pero el miedo a ser descubierto podía más que cualquier destello de orgullo resarcido y la angustia que le había conducido de vuelta a aquel personaje miserable no había sino mudado a profunda desesperanza con sus últimas revelaciones.

Sin levantar la vista de la columna impresa, le sintió llegar y sentarse en el sofá, casi a su lado. De nada iba a servir que siguiera ignorándole, así que alzó un gesto afable con que acompañar su saludo:

“Hola, Romero”.

El psicólogo correspondió con otra sonrisa falsa muy propia de su natural complaciente.

“¿Quién iba a pensarlo, verdad?”, preguntó al ver que volvía a enfrascarse en la prensa.

Componer un gesto apropiado con que enfrentarse a la mirada inquisitiva de Romero le resultó casi imposible, mientras trataba de disimular el estremecimiento que agitó su cuerpo entero y le trabó las palabras.

“No…sé”, titubeó sin mirarle.

“¿Quien va a saberlo?”, reiteró. “Matarse así, cuando tenía de todo”

Aquel recordatorio le vino a calmar el miedo, atizándole la misma rabia que le había aferrado a su cuello dos noches atrás y que sintió proyectada sobre aquel pelele. Romero no tenía ni idea de lo que hablaba. Con supremo esfuerzo logró controlar un gesto de desprecio y guardar silencio, deseando que el otro callara también.

“¿Sabes que tenía novia?”

Se mordió la lengua y cerró los puños. El mismo impulso agresivo le incendió las entrañas, pero el jaleo de la cafetería consiguió aplacarlo lo justo para que tan solo se levantara y se alejara a toda prisa. Ya en la habitación liberó la energía destructiva apretándose las sienes hasta que no pudo soportar el dolor. Ahogó una maldición en un mar de lágrimas y sólo cuando hubo amansado su respiración desbocada, pudo sentarse en el borde de la cama, mirando sus manos abiertas. El pasillo se iba animando con los rumores habituales de la hora de comer. Poco a poco la residencia recuperaba su rutina y sus costumbres. Un vago sentimiento de seguridad le fue envolviendo hasta devolverle la cordura necesaria para convencerse de que nada malo podía pasarle.

2 comentarios:

  1. Hola, José.
    Ví en Facebook tu Blog, he leído el capítulo que has puesto y me parece muy descriptivo.
    Recibe un cordial saludo.

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