martes, 18 de diciembre de 2012

Me dejo de historias


A tres días del solsticio de invierno y a la espera de un Apocalipsis remolón al que le van a faltar agallas, me dispongo yo a concluir otra creación que comenzó hace algo más de un año.

Con ambiguas sensaciones hago balance de estos catorce intensos meses durante los cuales me empeñé en un afán creativo que ha resultado excitante y agotador a partes iguales y que no del todo me deja satisfecho.

Ni en mis mejores sueños habría  yo imaginado que alguno de mis poemas antiguos o ensoñaciones modernas iban a provocar comentarios tan positivos como los que alguno de vosotros me habéis dedicado; ni que gentes repartidas por medio mundo iban a seguir, fieles, el devenir de estos monólogos. No creo, sin embargo, haber sido capaz de suscitar la atención necesaria para hacer de esto algo más que un mero ejercicio y, concluida con éxito la primera parte de la improvisada historia que comenzó con un “Prólogo sin libro”, me retiro discreto para continuar este y otros relatos en la intimidad y con el recogimiento necesario. No tengo ninguna duda de que volveremos a escribirnos y leernos en un futuro no  muy lejano. De momento os recuerdo que mi novela “Entre dos cartas” que, aunque inspirada en estas fechas que afrontamos, hará buena lectura en cualquier época del año, seguirá disponible en “Amazon” y que las entradas de este blog permanecerán abiertas. A parte de estas, con vuestro permiso y sin más dilación, me dejo de historias por una temporada.

viernes, 7 de diciembre de 2012

XXXVI


“Pero quédate”.

Miguel Ángel negó con la cabeza.

“A mí se me ha hecho tarde”, dijo.

Romero sonrió nervioso y se acercó al grupo de muchachas que rodeaban a Charo a la puerta de una taberna miserable que de día apenas acogía a un puñado de parroquianos desocupados. Hasta allí había llegado, acompañado por el de medicina con la esperanza consumada de encontrarla, arriesgándose por los arrabales del otro lado del río. Romero se volvió a tiempo aún de haberle detenido antes de que subiera en el coche, pero se obligó a seguir noche adelante a donde el destino quisiera llevarle.

Mantuvo un paso firme hacia ellas pero titubeó al no hallar ninguna que se percatara de su presencia y casi se giró de vuelta sin decir una palabra. Levantó, sin embargo, al fin los ojos en una mirada algo nublada y le sonrió a medias con un gesto ambiguo que le obligó a quedarse.

Sus amigas le abrieron paso y Romero se acercó algo solemne y sobrecogido, como si fuera el sacrificio de una atávica ceremonia secreta.

“¿No tomas nada? Le preguntó Charo, levantando su propia copa con un pulso sospechoso que su aliento vino a corroborar.

“Yo sí, fíjate”.

El grupito se regocijó a su costa pero el futuro psicólogo estaba dispuesto a resistir. De entre todas las tácticas de comunicación efectiva que había aprendido y, consciente de las mermadas facultades de la chica, Romero optó por no perder tiempo e ir directo al grano.

“Te he estado buscando”, le dijo acercándose mucho para que las otras no se enteraran. “Para ver que tal estabas”.

Charo le miró a los ojos otra vez y se encogió de hombros.

“¿Cómo quieres que esté?” Replicó y volvió a fijarse en el fondo de su vaso.

“¿Te apetece charlar un rato?”

El chico hizo un gesto con la cabeza hacia el otro lado de la calle, invitándola a seguirle a un sitio más tranquilo, pero Charo no se movió. Bajó la cabeza y la meneó muy despacio chasqueando la lengua varias veces. Cuando la levantó tenía los ojos rojos y llenos de lágrimas.

“¿Por qué no me dejáis todos en paz?” Gritó y le tiró la bebida que le quedaba en el vaso ante la estupefacción de los que les rodeaban.

Romero se quedó mudo e inmóvil mientras los murmullos se intensificaban, aderezados por las primeras carcajadas. No quiso consolar su llanto ni evitar que Charo diera media vuelta y se marchara a la carrera acompañada por dos de sus amigas. El resto se apartaron despacio, dejándole solo con la cara empapada de alcohol. Respiró el olor intenso y se le nublaron los sentidos, pero pudo mantener la compostura el tiempo justo para retirarse dignamente antes de que el lugar recuperara su algarabía habitual.

Al doblar la esquina tuvo que apoyarse en la pared y ahogó un grito tapándose la boca con las manos. Resistió una nausea salvaje y se obligó a respirar profundo y despacio…tres, cuatro, cinco veces… Hasta que su mente racional volvió a situarle en el preciso instante y lugar que el destino le había deparado. Mucho más despacio, reemprendió la marcha de vuelta al colegio soportando el frío de la madrugada al calor de la rabia y la vergüenza que aún le torturaban. Al cruzar el río por el puente viejo se detuvo casi sin querer y se acercó a la barandilla de metal que brillaba congelada a la luz de una farola muy baja. Cauto, contempló las aguas negras que se deslizaban silenciosas entre los pilares anchísimos de piedras centenarias pero, azuzado por una ridícula osadía de cobarde resentido, se alzó de puntillas y asomó medio cuerpo, aferrándose firme a la barra de metal que le presionaba la barriga. El recuerdo de Antonio que se había ido perfilando en la bruma discreta que ascendía de las aguas se le presentó sereno, apetecible pero inalcanzable. Romero exageró una sonrisa patética y forzó una lágrima de rabia que no dejó caer al río pues secó con la manga en un gesto furtivo antes de volverse a medias.

“Hola”, saludó algo sorprendido.

Los últimos pasos abandonaron el sigilo y el golpe resonó muy seco en su cabeza.

Romero se tambaleó e instintivamente se inclinó hacia atrás contra la barandilla para evitar un nuevo impacto del pedrusco. Desesperado, trató de asirse a las mismas manos que le empujaron por el pecho hasta hacerle caer. 

Sintió el agua helada y la fuerza de la corriente con la certeza de que todo había terminado.  

jueves, 29 de noviembre de 2012

Elías (Entre dos cartas)


- No me lo puedo creer…ahora este…y ¿ella quién es?
El hombrecillo se aturullaba y daba vueltas a una mesita sin prestarles más atención que alguna efímera mirada cargada de rabia y de terror.
Said trató de intervenir pero el otro alzó una mano y negó con la cabeza, los ojos cerrados y el gesto muy dignamente ofendido.
Aurora entretanto se había sentado en un butacón lleno de polvo y descansaba su pierna dolorida al calor de una estufa. Unas cortinas pardas ocultaban la única ventana de la habitación que olía a papel rancio y húmedo. La actitud del hombrecillo había confirmado sus peores presagios, el chico podía hacer lo que quisiera pero ella iba a marcharse de allí en cuanto hubiera recuperado las fuerzas necesarias. Cuando cerró los ojos estuvo segura de que no se dormiría. Durante un rato escuchó el ir y venir del anciano y sus quejas intermitentes cada vez más esporádicas e incompletas.
- Disculpe, señorita, pensé que tal vez tendría frío.
La manta era muy suave pero su olor a alcanfor la había despertado. De inmediato recordó y trató de ponerse en pie de un salto. Pero la pierna le dolía aún más  tras el incómodo descanso y el viejo la obligó a reposar de nuevo con una suave pero firme presión sobre su hombro.
- No debería moverse mucho.
Aurora trató de protestar pero el hombre frunció el ceño y la señaló reprobatorio, con su dedo índice.
- Y vas a tomarte el caldo – añadió dando media vuelta.

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jueves, 22 de noviembre de 2012

XXXV


No pudo evitar que se pusiera a su lado. Entre el barullo de gente que pugnaba por llegar a la barra sólo se percató de su presencia cuanto Sáez se hizo a un lado ante la insistencia del otro. Su amigo se retiró incluso entre el gentío tras dejarle paso, con una mueca de asco que Rubio tuvo que disimular cuando le tuvo a un palmo de su cuello, mirando hacia arriba con aquella expresión de eterna indiferencia.

No había vuelto a hablar desde que, una semana después de la muerte de Antonio, le encontrara en su garito habitual y le advirtiera que no quería más negocios con él y que se cuidara mucho de contarle a nadie los que se traía con el muerto. Rubio había tenido que superar la inquietud que aquel personaje, a pesar de su escaso metro sesenta, le seguía causando; no en vano a la fuerza debía tratarse con gente mucho menos respetable para trapichear de aquella forma. Pero, en la aparente mansedumbre del otro, que aceptó comprensivo sus razones de peso, creyó Rubio haber zanjado el asunto para siempre. Tal vez ni siquiera tendría ya que encontrarle sustituto ahora que llevaba más de dos meses de abstinencia.

“¿Qué quieres?”, le espetó tratando de erguirse aún más ante él.

“Contarte algo interesante”.

Rubio hizo un gesto de desinterés pero antes de darle la espalda, el otro le sujetó del brazo con una fuerza inesperada.

“¿Sabes que hablé con tu amigo la noche que se mató?”

Al estudiante le pareció percibir una sombra de inquietud en el gesto del otro y en el tono de su voz confirmó que no le estaba resultando nada fácil hacerle aquella revelación. No le sonó halagüeño que el tipo anduviera preocupado por Antonio a aquellas alturas, pero no por ello dejo de resultarle absolutamente imprescindible ponerse al tanto del asunto. Tras soltarse de su mano le siguió hasta el pasillo de los servicios, donde el alboroto era más discreto.

“Me llamó al móvil”, declaró entonces con cierto orgullo mientras a Rubio se le revolvía el cuajo al imaginar a su Amigo compartiendo confidencias con aquel demonio.

“Estaba muy nervioso”.

Guardaron los dos silencio por un instante como si el uno aún dudara si debía contarlo y el otro se resistiera a saberlo.

“No sabía que también se metiera pastillas”.

“¿A qué te refieres?”

“Yo no le di ninguna”, se apresuró a aclarar. “Pero debió tomarlas esa noche”.

Volvió a hacer una pausa que Rubio no aprovechó para protestar.

“A lo mejor quiso matarse con el Rohypnol”.

“Antonio se ahorcó”, escupió el estudiante con sincera repulsa.

El otro se encogió de hombros.

“Yo sólo te digo que me preguntó cuánto tiempo se podía detectar en la sangre y, cuando le dije que no tenía ni idea, se echó a llorar y me colgó”.

A pesar de la calaña del personaje, Rubio un podía imaginar motivo alguno por el que estuviera mintiendo, pero no alcanzaba a discernir porqué había decidido contárselo.

“Sé que la policía estuvo haciendo preguntas”, adujo como si intuyera la pregunta del otro.

“No sobre si tomaba drogas, que yo sepa”.

El otro le miró aliviado.

“Ya sabes que hacía mucho que no hacíamos negocios, ¿verdad?”

“No le contaría a nadie que nos tratábamos contigo, créeme. En esta última frase sí vomitó todo el desprecio del que fue capaz.

Sin embargo al camello pareció satisfacerle aquella declaración de intenciones y, con una sonrisa bastante malintencionada, dio por terminada su conversación.

“Vete a saber lo que le pasó por la cabeza”, dijo no obstante, antes de meterse en el servicio de caballeros.

Rubio tardó unos segundos en reaccionar y, para cuando volvió a la barra, había perdido por completo las ganas de jarana. Sin decir una palabra a sus amigos, salió del bar y regresó solo a la residencia.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Belén (Entre dos cartas)


Se dio cuenta de que Pedro la miraba. Lo había intuido desde que cruzó por la puerta  pero sólo cuando le vio ruborizarse al devolverle una sonrisa, estuvo completamente segura. La miraba de nuevo, como lo había hecho la otra noche al llegar al parque; solo que entonces no había creído que fuera algo más que un efímero destello de locura, la torpe tentación fácilmente aplacada de conseguir lo que los otros no habían logrado.
Resistió el impulso de comentarlo en voz alta pero aquello la divertía sobremanera y, lejos de sentirse cohibida, empezó a hablar por los codos sin quitarle la vista de encima. Que si que mala cara tenía hoy, que si le encontraba muy serio últimamente y cosas por el estilo, hasta indagar incluso en las causas de las posibles desgracias que le afligían.
- Estás loca, Belén – se defendió torpemente con una sonrisa estúpida.
Pero no estaba dispuesta a dar tregua. Ahora no. Mientras Álvaro no llegara, podría dominar la situación y exprimirla a su gusto hasta donde creyera oportuno. Todos la escucharían, de hecho todos la atendían ya, cuando le preguntara que fue de aquella muchacha que le apartó algunas semanas del grupo antes de dejarle tirado porque la aburría. Sería gracioso oírle decir que tuvo que pedirle que le olvidara. Y es que Pedro era un fanfarrón, como todos, un pobre infeliz dispuesto a burlarse de sí mismo delante de los demás. Por un momento sintió lástima y a punto estuvo de acabar con la broma, pero el muy necio fingía divertirse con orgullo, como si no estuviera hurgándole en el centro mismo de esa herida abierta que le acababa de mostrar.
- Estoy ocupado últimamente – replicó al último de sus dardos con media carcajada que pretendía orientarles hacia algún doble sentido de difícil interpretación.
Por respuesta el gesto serio, casi severo. Nadie reiría si ella no esbozaba la sonrisa que esperaban así que permaneció impasible el tiempo justo para que el otro saboreara su fracaso. Un grado más en el rubor de su rostro y le tendría a punto para preguntarle por qué la miraba. El muchacho se recostó en la silla como si quisiera apartarse del círculo que formaban alrededor de la mesa, pero no pudo evitar las miradas que sentía clavarse en sus ojos. Respiró profundamente intentando recuperar la calma. Seguramente se arrepentía de haberle mostrado interés a aquella chica de pelo oscuro que tenía frente a él; la que estaba a punto de humillarle sin piedad.

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jueves, 15 de noviembre de 2012

XXXIV


Que la noche hubiera salido templada, señal de la inminente primavera, no era la única razón de que el callejón estuviera atestado de gente a aquellas horas intempestivas. Dentro del bar apenas había sitio para un alma más y, entre los que se afanaban por salir de allí sin derramar el alcohol de sus vasos, Miguel Ángel y Romero, que habían encontrado en Rubio un inesperado aliado, se abrían paso tras el gigante entre codazos y empujones más o menos inevitables.

Como si no les hubiera visto, el de derecho les ignoró al alcanzar la calle y ellos tampoco trataron de agradecerle su deferencia. No era inusual cruzar los caminos con algún compañero de residencia en cualquiera de los antros de moda e intercambiar un par de gritos o de gestos (según lo ruidoso del local) de camaradería, pero casi todos preferían dejar al margen sus andanzas nocturnas en compañía de los colegas de la Facultad, de los asuntos domésticos. Tal vez por aquel carácter excepcional, los dos veteranos  habían decidido que sólo tomarían  una copa y que regresarían temprano. Al de medicina se le hacía extraño dejar pasar un Sábado sin salir y, ante el nulo entusiasmo de sus habituales compañías, había aceptado la oferta de Romero, quien parecía animado por un interés repentino del que había carecido durante gran parte de los años que duraba su amistad. Siempre demasiado circunspecto, al futuro psicólogo le soportaban a medias, siempre y cuando se guardara sus opiniones profesionales para sí mismo. Y a él no parecía importarle su constante desinterés (que a veces rayaba el desprecio) como si se supiera en posesión de la razón más absoluta y en el fondo le satisficiera que no fueran capaces ni siquiera de considerarla. No; a Romero era difícil sorprenderle indignado u ofendido pues carecía de la soberbia que a Miguel Ángel le sobraba.

“¿Qué es de Nuria?” Se interesó el psicólogo al volver a notarle incómodo.

El otro se encogió de hombros, aparentando una indiferencia que no sentía. Que su íntima amiga mantuviera las distancias tras haberse él distanciado de Gerardo (o más bien al contrario), le resultaba del todo inaceptable. Aquella misma tarde le había vuelto a dar una excusa para quedarse en casa y no había cruzado más palabras que las imprescindibles. Tal vez tratando de convencerse de que la chica no intentaba evitarle, Miguel Ángel quería creer que la exagerada inquietud que había demostrado en la cafetería de la Facultad la última vez que los tres estuvieron juntos, era aún la causante de su inusitada timidez y su no menos extraña aversión por la jarana.

“¿Y Gerardo?

Por preguntas como aquella, Romero nunca conseguiría sacudirse su fama de cotilla insoportable.

“Tampoco tenía ganas de salir”, respondió simplemente.

“¿Conoces a Charo? La novia de Antonio, esa de farmacia”, preguntó de pronto, animado por un repentino anhelo.

Le recordó esperándola a la salida de la iglesia el día del funeral, con aquella ansiedad extraña que empezaba a tener sentido.

“Los vi juntos alguna noche, por ahí”.

“¿Recuerdas dónde?

“¿Estamos acaso buscándola?”

La coraza de Romero no era tan fuerte y en el intensísimo rubor de sus mejillas, confirmó que había sido demasiado brusco.

“La encontraremos, entonces”, trató de compensar.

“Hemos hablado un par de veces desde que…”

El muchacho se detuvo un poco avergonzado, no tanto por revelar sus sentimientos, sino más bien por admitir su oportunismo.

“No creo que haya salido mucho últimamente”, divagó, “pero me parece que hoy se hacían la foto de la orla”.

Sí, aquello también lo sabía Miguel Ángel; no en vano habían todos asistido estupefactos a la increíble transformación de Lucas, que se había cortado las greñas y afeitado al ras para una ocasión tan señalada.

“Entonces, puede que ande por ahí”, ratificó el de medicina.

“Y no tenemos toda la noche”, añadió antes de apurar el vaso y tirar de la manga de su amigo, que dejó su bebida a medias, posada en el alfeizar de una ventana.

domingo, 11 de noviembre de 2012

La jauría


Comenzaron temprano aquella mañana. Apenas habían cesado los ajetreos propios de la amanecida y ya se escuchaba por las ventanas abiertas el murmullo impaciente de los que esperaban ansiosos que empezara la función. Uno a uno todos fueron llegando y se colocaron de acuerdo a sus distintos rangos; los expertos veteranos delante con la evidente calma de quien se sabe triunfador, algo detrás aquellos más torpes que elevaban con sus fallos la indudable capacidad de los primeros y por último, tratando en vano de ocultar su inmadurez, los jóvenes inexpertos pero osados que acudían cada semana a afilar sus garras en silencio.

Inició airoso su exposición como si no le importara el juicio de cuantos le escudriñaban con aviesas intenciones. Uno a uno sorteó con aplomo los asaltos de la audiencia y alcanzó sin problemas el descanso merecido. Pero sabía que lo peor estaba aún por venir. Mediada su réplica primera y, como sus argumentos seguían sin flaquear, un zorro viejo le torció el camino con las malas artes de su innoble estirpe. Acusó esta vez el golpe y trató de recuperar el rumbo, guiado de sus jóvenes colegas. Pero un apetito insaciable inundaba ya las fauces de la audiencia y, en sus miradas sólo ardía el brillo insano de la envidia.

La mayoría gruñeron sin más, aguantándose la saña y algunos incluso bajaron la mirada avergonzados, pero fue uno de sus propios amigos el que propinó el primer zarpazo en el rostro descompuesto de la presa. Sin tiempo apenas para comprender, reanudó desorientado su carrera, más parecida ya a una huida que a la digna defensa con que había comenzado. Azuzados por la sangre y recordando sus años de juventud, los veteranos se lanzaron entonces tras él y, usando atajos apenas conocidos, pronto le tuvieron acorralado, jadeando súplicas difíciles de comprender. Impotente, les observó acercarse horrorizado por la inmisericorde crueldad que escondían sus palabras de consuelo y sintió en la frente el aliento corrupto del cazador.

Surgió de pronto una protesta de entre el grupo que había quedado rezagado. El que fuera su maestro se habría paso hacia él con el privilegio de su condición y ante todos defendió la causa de su antiguo pupilo. Pero muchos eran los que habían odiado a aquel anciano y, aprovechando el momento para unir su rencor y mostrarlo sin tapujos, se enzarzaron en una vorágine de gritos y gruñidos que nada tenía ya que ver con la razón primera de aquél cónclave. Todos mostraban los dientes con la misma osada cobardía, retrocediendo cada vez que algún rival les plantaba cara pero sintiendo intensificarse su deseo de venganza. Pocos, solo algunos de los que nunca acertaron a protestar, se retiraron en silencio. Los demás, incluso los más jóvenes, se acercaron al tumulto con la cautela propia de su edad apaciguando a medias sus ansias de sangre.

Pronto la confusión se hizo tal que pudo escabullirse hacia la luz esquivando las dentelladas que se lanzaban alrededor.

A punto estuvo de consumar la huida. Creyó tropezar sin más cuando nada le separaba ya de la salvación pero, al volver el rostro desde el suelo, reconoció la digna figura de su maestro arrastrándole de vuelta al círculo implacable que le aguardaba en silencio con las sonrisas conciliadoras disimulando apenas los colmillos con que le iban a despedazar.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Zenón (Entre dos cartas)


Alcanzó la calle justo a tiempo de verle aparecer doblando la esquina y caminó decidido a su encuentro sin apartar la mirada de su rostro. En vano trató de percibir un mínimo gesto que hiciera dudar a su instinto certero y ni siquiera cuando el otro, percatado de su interés, le devolvió una hostil mirada de sorpresa, pudo sentir algo más que una inmediata repulsa. Mantuvo no obstante su escrutinio a fin de comprobar si aquel rufián desconocía en verdad su identidad y sólo cuando estuvo a su altura,  susurró sujetándole por el brazo:
- Nada has conseguido entonces.
Un fuerte tirón hacia atrás le sirvió para soltarse, mas, llevado del impulso, su espalda golpeó la sucia fachada de la casa. Era un hombre fuerte, calculó Moses, tal vez más fuerte que él mismo, pero el paje, aprovechando la confusión que aún dominaba sobre la ira de su adversario, volvió a sujetarlo esta vez con ambas manos y empujó con fuerza hasta que sus hombros quedaron pegados a la cal de la pared.
- Tranquilo – habló de nuevo- nada has de temer.
Sonrió el otro entonces y en su inquietante mirada descubrió Moses que en verdad nada temía. Lentamente aflojó su presa ante la curiosa mirada de un niño que se había detenido a su lado y otros tantos que, algo más lejos, observaban cautos su disputa.
- No le conozco, ni sé de que me habla – replicó por fin el hombre, sonriendo aún mientras se colocaba las hombreras del abrigo y sacudía la cal de sus hombros.
- También a mí me envía Nadir.
La sonrisa del otro se borró por un instante y regresó aún más perversa.
- Tengo algo que decirle – continuó Moses.
Fue entonces el extraño quien sujetó el brazo del paje que apenas se resistió con un corto paso atrás con que afianzar su equilibrio. Miró el otro de soslayo a los que aún les observaban. Alguno se acercaba ya dubitativo por mediar en su altercado, mientras el niño seguía mirándoles a sólo unos metros.

jueves, 1 de noviembre de 2012

XXXIII


Consintió que la peinara y le hiciera un moño como a Susana y a Lucía, compañeras de la facultad con quienes  compartiría orla en tan sólo unos días, solo tras reunir la repulsa necesaria ante la imagen desaliñada y patética que tenía frente al espejo y rechazar le expectativa de verse para siempre así retratada entre el resto de su promoción.

Miriam no se esmeró tanto como con las otras dos, consciente de que era viernes y temerosa de que, tras la sesión fotográfica, consiguieran convencerla para salir de bares. Charo aún no estaba preparada para recuperar sus (no siempre dignos y saludables) hábitos sociales y, no siendo bienvenida ni sintiéndose ella capaz de alternar hasta las tantas como los otros, iba a sufrir la incertidumbre de sus andanzas encerrada en el modesto cuarto de la residencia.

“A ver si lo vas a estropear luego”, advirtió aplicándole el último toque de laca con un aire muy profesional.

El gesto de Charo en el espejo no reaccionó lo más mínimo.

“Luego llegaréis apestando a tabaco”, vaticinó para disuadirla aún más.

Volvieron a ignorarla con toda la naturalidad del mundo. Miriam tuvo que tragarse toda su rabia y contuvo el impulso repentino y salvaje de golpear a su íntima amiga con el frasco que aún sostenía en su mano derecha.

“Pues ya está”, dijo, recomponiendo la mejor de su sonrisas mientras retiraba la toalla que había colocado sobre los hombros de Charo para proteger del maquillaje los cuellos de su blusa blanca.

Al ponerse en pie, Lucía y Susana no pudieron evitar un sincero gesto de admiración ante la imponente presencia de su compañera. Viéndola así, a ninguna le sorprendía que aquella mujer pudiera provocar reacciones tan extremas como la que llevó a su ex novio a quitarse la vida. Sintiéndose tal vez culpable por haber albergado una vez más ese sentimiento, mezcla de envidia y tristeza, que la hacía responsable de su muerte, Lucía se acercó y la acarició suave en el brazo.

Charo la miró con genuino agradecimiento antes de aceptar la ayuda de Miriam, que sostenía por detrás la chaqueta de punto para que pudiera ponérsela.

Un silencio reverencial la acompañó hasta que salió del cuarto, como si se tratara de una novia camino del altar o un reo dirigiéndose al cadalso.

domingo, 28 de octubre de 2012

Sara (Entre dos cartas)


Volvió a admirar Moses la hermosura insolente de aquel ángel sospechoso que le había librado in extremis de un final helado en el fondo del río. Sus facciones exquisitas parecían capaces de expresar la más dulce candidez y el peor de los rencores sin mudar el gesto apenas y el brillo de sus ojos despistaba la razón hacia el eterno engaño de la sublime adoración. No le cabía duda a esas alturas de que estaba allí para enredarle en alguna treta urdida por Nadir y se preguntó hasta que punto estaría dispuesta a llegar con el fin de evitar su regreso al lado de los Magos. El recuerdo del espectro oscuro en el rostro de Zenón volvió a quemarle las entrañas, mas logró esta vez calmarse en la pálida quietud de la muchacha. La misma muerte que acechaba implacable en el bandido se le antojó atractiva en el reclamo sensual de Sara.

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viernes, 26 de octubre de 2012

Tamizando sensaciones (Escogiendo pensamientos)


Hoy fue de esas mañanas que despiertas con la molesta incertidumbre del tiempo, el lugar e incluso el sentir. Una discreta maraña de pensamientos se agolpaba a las puertas de mi conciencia, esperando ansiosos a que levantara mis párpados cerrados. Acerté a no abrir los ojos y quedé quieto, fingiendo que aún dormía, con la intención de ponerlos por orden y, uno por uno, descubrir la sensación que me causaban.

No tuve demasiada suerte hoy pues ninguno llegó siquiera a ser una pizca placentero y, a duras penas, me levanté sin sentirme enfadado, alimentando un pensamiento mediocre que, sin embargo, me situó lejos de los abismos conocidos de la culpa, el odio, la desesperación y el miedo.

jueves, 25 de octubre de 2012

XXXII


Pablo pensó que Miguel Ángel querría dar parte del enojoso percance de Marcos. Tras la muerte de Antonio, cualquier incidente sería motivo de escándalo para las familias de los residentes y analizado con lupa por sus superiores. Así pues le pareció oportuno reunirse con el de Medicina para aconsejarle discreción y mesura si, llegado el caso, se le requería información sobre el asunto.

Para su sorpresa, fue el propio estudiante quien le convenció de la absoluta trivialidad del accidente. Apenas cinco puntos de sutura y podría seguir sirviendo cafés en un par de días.

Pero al director el alivio le duró un suspiro. Justo hasta que el muchacho cambió de tema y le preguntó sin más:

“¿Sabías que alguien anduvo revolviendo en las cosas de Antonio y sacó algo de su cuarto el mismo día que se lo llevaron muerto? Me lo contó uno de los enfermeros que vinieron aquel día”, explicó ante la mirada inquisitiva del cura.

“¿Uno de los chicos?” Se atrevió a preguntar.

“No sé cual”.

Usaron ambos el silencio que siguió para ordenar sus respectivas sospechas.

“¿Por qué me cuentas esto?”

Miguel Ángel recordó el comentario de Díaz aquella misma tarde.

“No te hace mucha gracia, ¿eh?”

No pudo evitar un gesto de furia que logró suavizar al encontrar el gesto serio del muchacho.

“No es un asunto agradable”, replicó.

“Creí que debías saberlo”.

Pablo se levantó de la silla y le dio la espalda para asomarse a la ventana. La persiana aún estaba levantada y un viento muy desagradable de invierno tardío agitaba un paisaje desolador.

“Yo qué voy a saber”, se lamentó al cabo de un par de minutos que se hicieron eternos.

“No me refiero a…”

“Yo sé de qué me hablo”, recalcó muy seco y, volviéndose hacia él, recalcó:

“Vaya si lo sé”.

Después de todo, pensó el director, tal vez Antonio sí hubiera escrito aquella nota de disculpa y el chico del que le había hablado y cuya identidad se negó a revelar, fuera en verdad uno de sus compañeros de residencia como él había supuesto y Antonio insistió en negar. De estar en lo cierto, la importancia del asunto, suficiente para provocar el expolio furtivo del que Miguel Ángel le acababa de informar, excedía de cuanto en un principio había supuesto.

Antonio le había confesado que se aprovechó de una muchacha un par de años atrás. Se lo había contado con un lógico azoro que apenas mitigaba la urgencia evidentísima que al cura le preocupó más que su mortal pecado.

“Cálmate”, le había tenido que ordenar.

Mas el pobre chico siguió aturullado entre excusas torpes, relatando su efímera aventura de verano.

“¿Pero tú la forzaste?”, había preguntado Pablo con aterrada cautela. Después de lo de  Martín no podía soportar la posibilidad de acoger otro violador bajo su techo.

El cura tuvo que disimular el alivio que sintió al negar Antonio con la cabeza y forzó un tono severo al recriminarle.

“Eso no te exime de haber pecado contra el sexto mandamiento; valiéndote además de malas artes”.

El muchacho alzó una mirada implorante que el director atajó levantando su índice derecho.

“Prometiendo cosas que no cumpliste”.

Antonio le había contado que se marchó al día siguiente y que no había vuelto a llamarla ni escribirle. En realidad no habían tenido ningún tipo de contacto hasta que recibió la primera carta unas semanas después de comenzar el curso.

“Eran notas de su diario”, le había explicado, “poemas de amor y cosas así”, añadió bajando la cabeza avergonzado.

“Así que aún te quiere”

Recordaba Pablo que a Antonio no le había consolado en absoluto aquel comentario, más bien al contrario. Con una repentina, incontrolable congoja empezó a sollozar y balbuceó unas cuantas palabras ininteligibles antes de escupir con rabia.

“Seguro que él ya lo sabía”.

Intrigado por el asunto, el director había tratado de indagar en las causas de tan exagerada reacción (Antonio nunca le había parecido suficientemente piadoso para tamaños remordimientos) pero el chico logró recomponerse y se evadió con una escueta disculpa.

“Un amigo común que debe haber leído también el diario”.

Aquí es donde las pesquisas de Pablo se enredaron en la creciente reticencia de Antonio, quien, superado el inicial impulso que le había llevado a su despacho para desahogarse, se había ido sumiendo en un tenebroso estado de ánimo que engulló sus palabras y su buen juicio.

“Aclara las cosas con el otro chico. Y a ella escríbele una carta de disculpa. Es lo menos que puedes hacer”, le había recomendado el director mientras el estudiante abandonaba el despacho para siempre.

Pablo observó el gesto preocupado de Miguel Ángel y a punto estuvo de hablarle de aquello. Hasta entonces había considerado improbable que su secreto hubiera sido motivo suficiente para que se quitara la vida. Por otro lado, si el muchacho había decidido marcharse devastado por aquel asunto, era demasiado tarde para remediarlo, y airearlo sólo serviría para hacerles daño a otros.

Aquella tarde, sin embargo, asumida la existencia cercana de un anónimo protagonista (tal vez furioso de celos) en la trama, el recuerdo de las sospechas de el inspector retornó con un ímpetu incontenible que acrecentó sus dudas de los últimos días.

“¿Sabes que Martín y Rubio se enzarzaron la otra noche?”

Miguel Ángel le miró algo sorprendido y asintió en silencio.

El director apretó los puños. Aquel por el que no sentía el deber de guardar silencio, le imponía sin embargo más prudencia que cualquier otro. Cambió por ello el guión de sus pensamientos justo antes de convertirlos en palabras:

“¿Y a ti, qué te parece?”

Por más que no le acabara de agradar, Pablo era consciente del estatus que el veterano ostentaba en la comunidad. Si algo se sabía o se presumía entre los residentes, a buen seguro que Miguel Ángel estaría al tanto y habríase formado una opinión al respecto que, dadas las circunstancias, el director no podía dejar de valorar.

“Que esos dos ya no se arreglan”.

Pablo exageró un gesto de decepción, dando a entender que eso era evidente para todos.

“Me refiero a qué piensas del nuevo”.

Pronunció aquel adjetivo con un desprecio que al otro no le pasó desapercibido.

El veterano, poco amigo de los chismes y menos de las coacciones, dudó un buen rato y aún no estuvo seguro de estar haciendo lo correcto cuando respondió:

“Martín no habla mucho y casi nadie le conoce”.

“¿No te parece un chico violento?” Fue concretando el cura.

“No más de lo que lo fueron con él”.

Pablo puso un gesto de incredulidad.

“Vamos, no sería para tanto”.

Alzó los hombros Miguel Ángel en señal de indiferencia y replicó:

“¿Para qué me preguntas entonces?”

“Y tú, ¿para qué vienes con historias?” Repitió furioso Pablo.

Aunque el muchacho se hizo la misma pregunta, odiándose aún más que al propio director, consiguió controlar el impulso de salir del despacho.

“¿Qué te parece a ti Gerardo?

No era la primera vez que hablaban de él. La segunda semana de novatadas, cuando se hizo evidente que, a pesar de su edad, el nuevo era incapaz de plantarles cara a los veteranos, Miguel Ángel intercedió por él y Pablo sugirió a sus secuaces que exoneraran a Gerardo de las rutinas de iniciación.

“¿Eso a qué viene?”

“¿Sabes si le pasa algo?”

Miguel Ángel había imaginado que las crecientes visitas de su amigo a la capilla debían responder a alguna culpa no resuelta y se aventuró a tentar la integridad y la memoria del cura.

“Tampoco este habla demasiado”, declaró Pablo con un repentino alivio en su tono de voz y una sonrisa que el otro aceptó con agrado.

“Tal vez andemos demasiado suspicaces”, añadió al cabo de unos segundos.

“Puede”, aceptó el estudiante.

“Conociste a Antonio de niño, ¿verdad?”

Por alguna razón, aquella pregunta no le resultó ya entrometida.

“Somos paisanos y fuimos al mismo colegio”.

“¿Puedo preguntar porqué ya no os tratáis?”

El uso del presente se le escapó y tal vez por aquello, Miguel Ángel volvió a decidir responderle.

“No era de fiar”.

“¿Le creías capaz de traicionar y mentir sin reparo?”

“Sí”, confirmó sin más.

Siguió un silencio durante el que ambos analizaron la facilidad con que estaban accediendo a charlar sobre el muerto tras sus respectivas reticencias a hacerlo de los vivos y, como si a los dos les pareciera como poco inapropiado, decidieron dar por zanjado el asunto.

“Entonces…”, empezó Pablo al tiempo que Miguel Ángel se ponía de pie, “…Marcos está bien”.

“Marcos, sí”, respondió enigmático el muchacho antes de despedirse.

sábado, 20 de octubre de 2012

Said (Entre dos cartas)


Said escuchó los aplausos de los niños como si estuviera a quilómetros de distancia y sus rostros alegres le parecieron animados por una extraña fuerza ajena por completó a él mismo. Alrededor, la plaza seguía hirviendo en ruidoso bullicio pero sus ecos no alcanzaban a imbuirle de realidad. Diríase que no estaba allí, que todo era un sueño, pues nada se mostraba a su alcance y, aún peor, nadie se percataba de su presencia. Buscó ansioso una mirada a la que asirse, una voz que reclamara su atención pero todo se alejaba sin remedio rozándole al pasar con eterna indeferencia.
- ¿Tanto te gustó mi cuento?
Escuchó sus palabras al límite del total abandono y, como cables salvadores, tiraron de él hasta devolverle a la realidad con tal violencia que un sobresalto agitó su cuerpo sentado en el suelo. Aún necesitó unos segundos para saberse seguro de vuelta antes de atreverse a preguntar.
- ¿Qué me ha pasado? – Y hallándose solo frente a la muchacha, añadió asustado - ¿Dónde están los niños?
- Todos han marchado ya – contestó simplemente mientras recogía la manta sobre la que estuvo sentada.
Said la observó con atención en busca de algún gesto que delatara la extraña naturaleza que le suponía. Convencido estaba de que era la causante de su incómoda experiencia, pero, lejos de sentirse atemorizado, ansiaba conocer el modo y sobre todo el motivo que le había llevado a hechizarlo de tal modo.
- Espera – le gritó al verla dispuesta a marchar. Mas por sola respuesta obtuvo una corta sonrisa.
- Me llamo Said – insistió, como si aquel gesto de confianza pudiera hacer que se quedara.
            La joven le miró con tal fijeza que el muchacho se sintió asaltado, vuelto del revés y al cabo de un instante le volvió a sonreír con una pizca de satisfacción que llenó su espíritu de desconfianza. Le había reconocido, estaba seguro de ello; y, aunque no fue capaz de discernir porqué, aquello le sumió en una profunda inquietud que no pudo calmar con su templanza.
            Cuando la muchacha se despidió en silencio para alejarse lentamente por la plaza, supo con certeza que volvería a ver su cara de Ángel. Sólo tenía que esperar. De sobra sabría donde encontrarle.


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miércoles, 17 de octubre de 2012

Dejemos que hablen


Antonio guardó un silencio demasiado largo, soportando la mirada confusa del viejo quien tampoco acababa de comprender que su hijo hubiera abandonado el hospital y evitara discutir el extrañísimo asunto que les había unido aquella tarde.

Yo les había dejado abandonados durante unos cuanto días, pendientes del viaje de vuelta, abocados tal vez a una noche de argumentos inútiles y tramas moribundas.

No es la primera vez que el devenir de los acontecimientos me supera y dejo a mis personajes a la espera de una inspiración más esquiva que nunca. En cuestión de semanas, el hilo de mi intriga se ha enredado en un ovillo difícil de desembrollar y, a trancas y barrancas he ido forzando a mis infortunadas criaturas a situaciones cada vez menos creíbles, sin apenas opciones para salir airosos.

Aún recuerdo a Said y Aurora refugiándose en un bar del frío insoportable la noche que salieron en busca de Álvaro para llevarle junto a su amiga moribunda. De distinta manera compartíamos los tres la inquietud de aquel encuentro íntimo, envueltos en la jarana del local, atenazados por la tensión  del momento crucial que atravesaban sus vidas (y la mía propia). Tras sentarles a la mesa de mármol y colocar la atención del muchacho en el portal de Álvaro del otro lado de la calle, les abandoné (quedando yo mudo) sin más idea que el vago anhelo de hacer de aquel un momento memorable y clave para el transcurrir de lo que, meses después, titularía “Entre dos cartas”.

Pronto comprobé, sin embargo, que aquella tarea iba a resultar imposible si me empeñaba en mantener mi urgencia creativa centrada en ideas cada vez más peregrinas y, aún a tiempo, comprendí que sólo volviendo a su lado, observando y escuchándoles lograríamos los tres salir de aquel atolladero. Como un fisgón necesario y bienvenido, me senté pues a su mesa y les dejé conversar como sólo ellos podían hacerlo. Escuché atento cada palabra y estudié todos sus gestos mientras me sorprendían con un cuento compartido que disolvía como por encanto el atasque de la historia y que culminaría unos cuantos capítulos después, muy cerca del final, cuando nuestros destinos estaban ya decididos.

Hoy, ante los protagonistas de mi última obra, estoy seguro de que tampoco ellos me defraudarán. Como tampoco lo harán los vuestros se les dais la oportunidad de guiaros. Recordad que únicamente es cuestión de tiempo que digan lo que tengan que decir y que vosotros sólo tenéis que dejarles hablar.

domingo, 14 de octubre de 2012

XXXI


Tal vez si la ventana de su habitación hubiera dado al aparcamiento, se habría asomado al escuchar la sirena que, en su confuso estado de ánimo (mezcla de rabia y preocupación) le había sonado lejana y ajena por completo. Quizás la escena le habría devuelto entonces las sensaciones de aquella otra tarde en que se le llevaron para siempre y habría así recuperado algo de la satisfacción que se le había ido consumiendo en las últimas semanas.

Cumplido el objetivo mucho más allá de sus mejores expectativas, aquel éxito empezaba a perder el lustre y pronto parecería tan solo uno más de sus caprichos pasajeros. Peor aún; enturbiado por la inicial amenaza de la policía y la más reciente de los dos futuros psicólogos, estaba convirtiéndose en un constante motivo de furia y de pánico.

¿Qué más sabría Romero? ¿Qué les habría contado ya a sus amigos? Pensó que tal vez no se hubiera perdido y fuera él quien lo encontrara. En un obsesivo ejercicio de autodefensa, corrió al armario y abrió uno de los cajones. De debajo de su ropa interior extrajo una hoja de papel doblada. La misma que, en un acto de audacia que aún le causaba cierto orgullo, había conseguido recuperar de su cuarto y que descubrió incompleta unos minutos después, al volver a leerla en su habitación. Debía haberla destruido en ese mismo instante, pero le faltó valor y la guardó con las otras.

Semanas después, al repasar sus líneas hasta la esquina amputada, fue recuperando el sosiego con la certeza de que bien poco podía delatarle un pedacito minúsculo de papel con un puñado de palabras inconexas. Y el resto de las notas, aquellas que le había enviado con anterioridad y cuyas copias había releído cientos de veces, no mencionaban su nombre para poder incriminarle. Con un dolor repentino que hacía tiempo no sentía ya, se preguntó qué habría hecho Antonio con aquellas súplicas ingenuas, si las habría leído siquiera o las habría tirado también como hizo con ella. De no haberlo hecho, quizás sus padres las guardaban ahora celosos con los recuerdos de su hijo y, quien sabe, si algún día las leerían y serían capaces de recordarla. La tercera opción, la de que obraran en poder de Romero, podía resultar inconveniente pero (volvió a repetirse) en ningún caso peligroso.

A lo mejor no llegó a serenarse como había creído o el impacto de cruzársele en las escaleras fue demasiado brutal. El caso es que el rostro lívido de Romero (a quien la sangre le obnubilaba los sentidos) y el comentario que intercambió con Luis mientras se alejaban, terminaron por ponerle en guardia y le azuzaron un sentimiento de supervivencia que empezó a darle miedo.

“Tú no le viste tambaleándose como yo, pero ya te lo contará tu hermano”, le había dicho al menor de los Vicente. Y el otro recordó a Antonio tratando de abandonar el cuarto de baño la noche que le estranguló.

jueves, 11 de octubre de 2012

Hasim (Entre dos cartas)


...un año más tarde el joven comerciante regresó al fortín y volvió a encontrarse con la enorme tienda de los Magos plantada en el patio. Mucho se cuidó esa vez de acercarse por allí, tanto que no dudó un instante en colocar su campamento tras el último barracón, en el lugar más oscuro y siniestro de todo el patio, con tal de verse lejos de aquellos chiflados. Por aquel entonces Hasim no era un hombre rico; apenas ganaba lo suficiente para disimular su miseria y sólo su infinito tesón le había permitido salir un año más de su aldea hacia los mercados de Occidente. Dos tiendas, cuatro mulas y un montón de baratijas era lo único que hubiera podido perder Hasim antes de quedarse sin nada y sólo sus tres porteadores le recordaban que aún cabía ser más desgraciado. Eran aquellos, tres miserables que se arrastraban por el desierto con la única esperanza de encontrar un necio al que desvalijar; ellos y otros aún peores eran lo único entre lo que un pobre comerciante podía elegir a la hora de encontrar mano de obra barata. Nunca le gustaron, por supuesto, pero les necesitaba para poner en marcha su modesta caravana y no dudó en comenzar con ellos el largo viaje. Pronto descubrió, sin embargo, que no eran tan holgazanes como parecían y el buen mercader les concedió su aprecio y confianza. Mas cuán equivocado estaba el pobre Hasim; detrás de su aparente mansedumbre e interés ocultaban el indigno deseo de arrebatar a su amo lo poco que tenía. Durante mucho tiempo lo habían planeado pero fue aquella noche la que les ofreció la mejor oportunidad; tras el último barracón nadie pudo ver cómo atacaban a Hasim mientras dormía, cómo cargaban precipitadamente lo que de algún valor encontraron en las tiendas ni cómo huían por la brecha del muro llevándose las mulas consigo. Nadie escuchó siquiera los gritos de Hasim, ni olió el fuego que consumía su campamento; la paz del desierto no podía turbarse por la desgracia de un pobre infeliz. El mercader sólo pudo llorar; arrodillado en la arena y con el cuerpo magullado, esperó a que las llamas convirtieran en cenizas los últimos restos de su tesoro antes de abandonarse en los brazos de la muerte.

Cuando abrió los ojos se encontró en la penumbra de un incierto amanecer; lejos se oían los rumores de los que aún vivían y al tacto en sus manos sintió la suavidad de un cálido sudario. Una luz se deslizó entre las sombras y tres figuras se plantaron frente a él; cerró otra vez los ojos y volvió a soñar con su aldea.

Los Magos cuidaron de él hasta que sanó de todos sus males. Nadie en el campamento había querido hacerse cargo de Hasim cuando le encontraron inconsciente sobre la arena y sólo Ibrahim, uno de los criados de Gaspar le llevo ante sus amos, con la esperanza de que pudieran curarle con su ciencia. Inmediatamente los Reyes se pusieron al cuidado del hombre y decidieron alojarle en su tienda como lugar mas apropiado para el reposo que aconsejaba su crítico estado. Día tras día velaron sus sueños y aplacaron sus delirios con la misma dulzura con la que hubieran tratado a un hijo. Lavaron sus heridas, prepararon ungüentos y brebajes, rezaron por él cuanto pudieron e incluso Gaspar se levantó cada noche en silencio para ahuyentarla cada vez que sintió la muerte rondar el lecho del enfermo...


martes, 9 de octubre de 2012

Otros pasos


Siendo el mismo caminar,
ya no encuentro en el paseo
la  materia necesaria de un poema.

Piedras viejas rescataban
los suspiros de mi alma,
los gritaban en ecos encendidos
que encauzaban en palabras
las cuestas y revueltas de las calles.

Son aquí los espacios más abiertos,
blando el suelo, de pasos silenciosos.
Sin paredes ni cancelas,
los murmullos se escapan para siempre
sin alcanzar la esencia de los versos.

jueves, 4 de octubre de 2012

Moses (Entre dos cartas)


Uno, dos, tres, contaba Moses para sí, dilatando la espera más allá de cuanto hubiera deseado su impecable confianza. Hombres más recios habíanse rendido a sus puños sin apenas recibir un solo golpe, tal era su destreza en las distancias cortas. Pero algo se enredaba en sus músculos reteniendo el ímpetu que en vano se obstinaba en mantener. Algo en la calma exasperante que albergaba la actitud, apenas inquieta, de su adversario, algo suspendido en el ambiente lúgubre del cuarto, susurrado a medias por las aguas oscuras del río helado; el miedo a una muerte inesperada entre sombras extrañas lejos del cálido abrigo del sol del desierto. Cuando el otro alzó al fin la vista y encontró  la mirada perpleja de Moses, no sólo la tarde se estremeció al caer, perdida para siempre; también sus ojos se enredaron en un odio infinito de noche de invierno, que no había nunca de abandonar sus almas ni las tinieblas que las unían. Cómo deseó entonces Moses haber perdido la razón en brazos de una mujer, cualquiera de las que amó; cómo despojarse de la justa fama de audaz bravucón, que le había llevado hasta allí. Habría así evitado el mirar fijo de la muerte en las enormes pupilas del espectro que tenía enfrente. Y con ello el pánico ancestral, la atávica angustia de perderse sin más en el silencio de una noche efímera. Trató en vano de aferrarse a la razón para calmar su espíritu aprensivo, alimentado en tardes de hogueras por los viejos rituales de su infancia. Mas nunca como entonces había sentido la absoluta certeza de lo inevitable, el frío, las sombras, el fin. Nada podía hacer por detenerlo, ni siquiera escapar era posible. Recordó trances similares superados con orgullo de guerrero; maridos ultrajados, bandidos emboscados, peleas desiguales como aquella que libró por defender una carta frente al muro en el desierto. Pero en ninguno descubrió el mismo miedo poderoso controlar su voluntad, nunca se había sentido acorralado de tal forma por un solo hombre cargado de sombras. Sin perderlo de vista respiró profundo Moses. Tres, dos, uno, descontó ahora forzando a su destino, cualquiera que fuese, a mostrarse de una vez en la penumbra de la tarde. Y al llegar a cero, sin más excusas que su propio miedo, dejó que sus instintos le guiaran hacia lo desconocido.

martes, 2 de octubre de 2012

XXX


“Os juro que había alguien”.

Si no hubiera sido por el gesto acongojado con que trató de convencerles, tal vez también él habría dudado.

El tono confidencial del conciliábulo en una esquina de la cafetería ya le había resultado amenazador y la presencia de Romero le había alertado lo suficiente para, arriesgándose a una reacción inesperada del futuro psicólogo, acercarse cuanto pudo al grupo. Julián, visiblemente alterado e incapaz de aguardar a momentos más privados, insistía en afirmar que vio una sombra moverse tras la puerta del cuarto de Antonio.

“No sé de qué hablas”, replicó Romero cuando su amigo solicitó su apoyo con una mirada intensa.

A su lado, Miguel Ángel, escuchaba atento, mientras Díaz y el mayor de los Vicente intercambiaban miradas de estupefacción intercaladas con su habitual estudio de la prensa deportiva.

“¿Creéis que debería contárselo a Pablo?”

“No creo que vaya a hacerle mucha gracia”, advirtió Díaz en un tonillo sarcástico que a Miguel Ángel le pareció bastante injusto.

Recordaba con perfecta claridad la expresión que un comentario similar a la mismísima sugerencia del de periodismo la tarde que le visitó abrazado a una pelota de baloncesto, había provocado. En aquella ocasión, Díaz había aceptado que no merecía la pena y había abandonado su cuarto con cierta renovada calma, dejando al de medicina sumido en aquella incertidumbre que le había durado unas semanas; las mismas durante las cuales y, para regocijo del resto de sus amigos, su relación con Gerardo se había ido congelando a fuerza de sospechas y conjeturas, en ningún caso aclaradas por el cada vez más esquivo personaje. Tal vez este pensamiento le despertó un sentimiento de rabia que concentró en su mordaz comentario:

“Aquí parece que cada día descubrimos algo nuevo”.

Consiguió controlar el impulso de mirarle a los ojos, seguro como estaba que también Romero le estaría observando. Con una inseguridad de la que ya no se creía capaz, se levantó del sofá y salió al pasillo.

De haber aguardado cinco minutos más habría escuchado el juramento airado que estalló en la barra y asistido al alboroto que se organizó en cuestión de segundos.

Marcos se sujetaba el brazo con un gesto furioso que empezaba a perder color a medida que veía chorrear la sangre de su mano izquierda. De inmediato saltaron los que ocupaban los taburetes más próximos, pero ninguno se acercó hasta el compañero que ejercía de camarero, seguramente espantados por la escandalosa hemorragia.

Roberto fue el primero en asistir al herido, mientras el otro estudiante de medicina, menos entusiasmado por el trabajo sucio de campo, descolgaba el teléfono y solicitaba una ambulancia que, tan solo cinco minutos después, hacía estrepitosa entrada por el aparcamiento.

Miguel Ángel les había descrito con pericia profesional la naturaleza de la lesión que accidentalmente se había infligido el camarero y, en cuanto entraron en el vestíbulo, los enfermeros reclamaron la presencia experta del veterano, quien acabó arrastrado al interior del vehículo en el precipitado traslado de Marcos hasta el hospital.

Miguel Ángel aceptó resignado que tendría que acompañar a Marcos hasta que le hubieran cosido y dado el alta, pero prefirió esperar cuando, dada su condición de futuro colega, le invitaron a atender al tratamiento del muchacho.

“Estaré aquí mismo”, le recordó a su compañero con una sonrisa sincera pero poco entusiasta que ya se le había borrado cuando tomó asiento junto a un chavalín que se aguantaba las lágrimas mientras su madre le acariciaba la cabeza y chasqueaba la lengua, mirándole la pierna astillada.

“Menudo año lleváis”, le recordó el enfermero que había atendido a Marcos en la ambulancia. Aprovechando un respiro, se había sentado a su lado y revisaba una libretita de notas.

Miguel Ángel hizo un gesto de indiferencia que al hombre pareció descolocarle durante el par de minutos que siguieron.

“Buen gesto el de venir con tu amigo”, señaló al ponerse en pie tras guardarse la libreta en el bolsillo del pantalón.

Le miró con una mezcla de agradecimiento y admiración que explicaba aquel súbito interés.

“Para eso estamos”, replicó vagamente el muchacho.

“No todos sois tan considerados”.

El enfermero pareció dudar un instante antes de continuar.

“Otro de vuestros compañeros, sin ir más lejos, se coló en el cuarto de ese muchacho, el que se mató hace unas semanas”, aclaró con cierto azoro, “cuando aún  empujábamos la camilla con su cadáver por el pasillo. Le encontré revolviendo entre las cosas que había sobre la mesa y ni siquiera me miró cuando le pedí que dejara todo tal como estaba. Salió corriendo sin decir una palabra y con algo en la mano”.

Miguel Ángel, que se había inclinado hacia el hombre, dando muestras de toda su repentina curiosidad, no tuvo tiempo de preguntar antes que el otro acrecentara su duda.

“No sé si sería dinero, ni digo yo que le robara; pero podía al menos haber dado una explicación en vez de largarse de esa forma”.

“¿Dónde fue?” Preguntó el muchacho, tratando de concretar sus elucubraciones.

“No le seguí”, admitió algo avergonzado. “Tenía que recoger el instrumental y no me pareció oportuno…El pasillo estaba lleno de chavales curioseando desde sus cuartos. Seguro que alguien le vio salir”, añadió eximiéndose de una responsabilidad que debía haber empezado a aceptar y que sin duda explicaba que, aprovechando la oportunidad que el destino le brindaba, se estuviera sacando del pecho aquel asunto sin hablar con la policía.

“Una desgracia, si señor”, suspiró el enfermero mientras se ponía de pie y se alejaba; como si el carácter irreversiblemente trágico del suceso pudiera servir para ocultar aquella posible intriga que la policía parecía haber intuido y que, cada vez más, Miguel Ángel empezaba a creer.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Sobreviviendo


No he tenido más que abrir los ojos esta mañana y sentir aliviado este eterno dolor de cabeza para reconocer un día especial; un par de pliegos de hoja natural (corteza de árboles centenarios) enrollados sobre mi mesilla así lo han confirmado, algo antes de que, ya en la autopista camino de Liverpool y aprovechando una tregua de la lluvia, un sol espléndido recién amanecido me haya seguido imperturbable como un foco de gloria merecida.

Permitidme cierta (o infinita) vanidad en un día como hoy, cuando los tiempos empiezan a acelerarse mientras mis obras aguardan pacientes, enredadas en un limbo artificial. Dejadme saborear las memorias agridulces de otros otoños antiguos de Kalkitos y olores a libros recién forrados. Concededme la licencia de contarme entre los pupilos de un genio que se fue hace casi un año, pero que a mi se me murió ayer, cuando lo supe (aquel a quien ya mencioné en este blog, instigador anodino de mi afán por hilvanar palabras para hacer historias).

Aún me aguardan quehaceres y compromisos que cumplir en este veintisiete de septiembre y, tal vez, todavía alcance otros méritos inesperados. Mientras tanto haced a bien reconocerme la valía de sobrevivir a tormentas interminables, decepciones pasajeras (no las hay definitivas) y a la marcha de poetas octogenarios.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

XXIX


Mariano estuvo a punto de volver a colgar en cuanto escuchó su  voz al otro lado de la línea. La última vez que hablaron ya le había dejado suficientemente claro que no estaba dispuesto a colaborar con aquello, al menos por la miseria que ofrecían. Esta vez, sin embargo, la periodista consiguió mantenerle a la escucha al declarar, tan pronto como el hombre descolgó el teléfono:

“Sé que el chico podría estar metido en un buen lío”.

Amparado en la soledad del cuartucho, el portero no disimuló una mueca de sorpresa y satisfacción. Su lealtad y codicia le habían sujetado la lengua hasta ese momento, pero desde el mismo día en que supo de sus desmanes, había deseado que Martín pagara por ellos; no en vano era él padre de dos hijas a quienes hubiera vengado sin piedad de haber sido ultrajadas.

“No sé a que se refiere”, replicó sin embargo.

“Hablamos del hijo de Rupérez…el empresario”, aclaró al prolongarse el silencio más de lo esperado.

Hasta tan sólo hacía unos meses aquel apellido no hubiera significado nada especial para él, como tampoco parecía haber despertado interés alguno en ninguno de los chicos. Fue aquella tarde en el despacho de Pablo cuando supo por primera vez que se trataba de un poderoso hombre de negocios, bien valorado por todo tipo de autoridades y por ello influyente en instituciones y organismos varios. El director se lo había revelado en un tono confidencial no exento de cierto orgullo. Por entonces no debía saber aún de la letra pequeña que completaba el suculento y halagador contrato y que también le confesó otra tarde no muy lejana con un talante mucho menos efusivo.

A Mariano no le cabía la menor duda que su jefe se arrepintió de habérselo contado desde el momento mismo en que dejó de morderse la lengua, aunque acto seguido le encomendara su vigilancia. Pronto, sin embargo, pareció olvidar el asunto y hasta él mismo consiguió guardar el secreto tras aquel primer y único desliz.

Recordó que le había exigido devolverle la pelota de muy malas maneras mientras él barría las hojas acumuladas al pie de la escalera de la entrada. Martín practicaba sólo en el frontón, insensible al frío intenso de aquella tarde de Octubre y no le pareció oportuno ir él mismo tras la bola. A Mariano le traían al fresco los quehaceres más o menos serviles que implicaba su puesto, pero lo que no toleraba era la actitud prepotente de alguno de los chavales.

“¿Es que estás sordo?”, le había increpado desde el borde de la cancha.

Ya le hubiera gustado ya, no haber escuchado aquello ni las amenazas que siguieron. Pero el portero tenía buen oído y mejores tragaderas y, sumiso, se acercó a la pelota, la recogió del suelo y se la puso en la mano.

La mueca de Martín no le pareció de agradecimiento y la suya, de rabia, sólo la mostró tras darse la vuelta de camino a la portería. Entró hecho una furia, dispuesto a cambiarse, coger el abrigo y marcharse a casa (tal vez para siempre) cuando le vio acercarse con aquel aire confiado y elegante.

“Buenas”, le saludó sonriente.

Mariano no pudo evitar un desbordante sentimiento de gratitud; aquel sí era un crío que merecía la pena, siempre educado y respetuoso; de los que pocos quedaban ya.

“¿Le pasa algo?”, preguntó con sincera preocupación.

“¿Pero qué se habrá creído?”, apostilló tras relatarle lo que acababa de suceder.

Y, sin tiempo ni intenciones de contenerse, le reveló el secreto que le había sido confiado y tras el cual andaba aquella reportera de tres al cuarto.

“Ya le dije que…”

“Sólo quiero que me conteste a una cosa. ¿Es cierto que..?”

Mariano colgó antes de que terminara. Tal vez de aquella pregunta y de su calculada respuesta dependiera su futuro y el de los suyos. Estaba seguro de que Pablo no iba a soltar prenda por todo el oro del mundo, pero, si el asunto resultaba tan importante como parecía, no iba él a desdeñar una suculenta recompensa ni estropearla con una torpe, precipitada respuesta. Especialmente cuando la única otra persona que podría haberlo contado, estaba ahora muerta.

Con cierto sentimiento de culpabilidad, Mariano recordó como le había cambiado el gesto al escuchar que Martín había abusado de una chica. A Antonio se le habían llenado los ojos de lágrimas y antes de echarse a llorar, subió las escaleras a toda prisa y sin decir una palabra.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Incertidumbres (Entre dos cartas)


Tuvo la sensación de que había alguien más. Improbable en aquel vacío contundente, mas posible todavía si aún podía fiarse de sus sentidos. Fue como un murmullo lejano, varias voces deshechas y mezcladas que no sonaban ya sino a silencio manchado que se colaba por los infinitos agujeros del tejado. Lo escucharon a medias sus oídos con una repentina pesadumbre y un incómodo temor que su atención no apaciguó del todo cuando pudo confirmar que la inmensa nave seguía aquella tarde tan desierta como siempre. Nada había venido a distraer la quietud de aquel lugar y la mañana se había consumido serena e inofensiva como él esperaba. Capaz fue incluso de dominar la desazón en el pulso de su pluma sobre un papel viejo con manchas amarillas. Con letra diminuta escribió despacio, calculando cada frase, como si su padre fuera a leerlo algún día con la ilusión de conocer cuanto de espléndido había augurado para su hijo y que él mismo jamás disfrutaría ya. No pudo, pues, sino mentir para contar lo que antes había imaginado. Todavía claro en su mente pero tan falso e imposible ahora que llegó a dudar incluso de ser él mismo o de haber partido nunca en busca de aquel sueño. Pero una pesadilla no soporta la angustia con la firmeza inevitable de lo real. De sobra habría despertado ya, empapado en sudor, si sólo su mente fuera responsable de tamaña desventura.